03 octubre 2005

La nación, una idea poderosa.

Pensaba escribir hoy sobre otro tema, pero creo que este un asunto importante sobre el que merece la pena reflexionar un rato. Comencemos por definir los términos del debate. La nación, en mi opinión, puede entenderse como una comunidad de individuos que creen compartir, por encima de sus intereses individuales, unos intereses comunes que son diferentes a los de otras naciones. Es importante darse cuenta de que los intereses comunes de una nación no son concebidos por sus miembros simplemente como la suma de sus intereses individuales. Una nación no es grupo de presión. La nación es imaginada como una entidad hasta cierto punto independiente de sus componentes. Los miembros de una nación han de estar dispuestos a sacrificar sus intereses particulares en aras del bien de la misma. En tiempo de guerra la defensa de la nación está por encima incluso de la vida de los individuos que la componen, que pueden ser forzados a alistarse y a combatir. Una característica esencial de las naciones es que el sacrificio individual que exigen no se basa en la lealtad personal al líder. Una nación no es un dominio feudal. La nación se imagina a sí misma como un continuo que se extiende hacia atrás en el tiempo, generación tras generación. La nación existe por encima de sus líderes momentáneos, que son imaginados como servidores de la patria. La nación es pues una entidad donde todos los que creen en ella son esencialmente iguales, insignificantemente iguales. Una nación, finalmente, no se basa en el conocimiento personal entre los miembros de una comunidad. La nación no es una ciudad-estado. La nación generalmente se define a partir de una esfera cultural preexistente, pero para que una esfera cultural se convierta en nación hace falta que se cree un espacio público de diálogo. Es necesario que cada miembro de la nación imagine que toda esa otra gente a la que no conoce y con los que nunca ha hablado, pero que comparten sus costumbres culinarias tienen, en el fondo, los mismos intereses que él. La nación es pues una creación cultural en el sentido de que sólo tiene eficacia, como los tabúes o el dinero, porque existe una comunidad de personas que creen en ella.

Las naciones, entendidas según la definición anterior, son un fenómeno histórico que surge en primer lugar en Europa y en Norteamérica, como resultado de un proceso que comienza a finales del siglo XVIII pero no alcanza su forma madura hasta bien entrado el XIX. La aparición de naciones, o su “descubrimiento”, ocurre como parte de un proceso mucho más complejo de reconstrucción de las bases ideológicas sobre las que se sustentan los estados, entendidos estos como unidades administrativas y territoriales mutuamente excluyentes. Los estados habían estado hasta entonces dirigidos por una élite que no pretendía representar otros intereses que los suyos propios, o si acaso los de la religión verdadera, y que esperaba la obediencia de sus súbditos como algo natural. La imprenta, la alfabetización progresiva, y más adelante el desarrollo de la prensa son responsables de la creación en Europa de esferas culturales que se van haciendo progresivamente más nítidas y más uniformes interiormente. La nación puede, por primera vez, imaginarse a sí misma. Simultáneamente la producción de armas de fuego baratas y fáciles de manejar es uno de los avances en la tecnología militar que, junto a los crecientes excedentes agrícolas, hacen posible y por tanto necesaria la movilización de una proporción cada vez mayor de la población en tiempos de guerra. La guerra entre estados se convierte en un esfuerzo colectivo que requiere la colaboración activa de todos los habitantes del territorio. Por otra parte, el crecimiento de las grandes urbes, y en particular las capitales, con sus desfiles militares y otros espectáculos públicos del poder, hacen visible la existencia de un pueblo al que los gobernantes o los que desean alcanzar el poder pueden ahora apelar directamente. Las masas, convocada por la prensa oficial o alternativa, se convierten en un instrumento de fuerza al que se utiliza para atacar a la oposición interna. Bien sea en forma de revolución o contrarrevolución o mediante la amenaza de violencia que representan las demostraciones multitudinarias, la gente corriente descubre el poder que le da el ser muchos. El apoyo de las masas, explícito o asumido se convierte rápidamente en la nueva fuente de legitimidad, por encima de los derechos hereditarios o la posesión de conocimientos especializados. El interés de la nación se convierte en el bien último. El sistema que termina imponiéndose como forma de gobernar las naciones es la democracia universal y representativa, que se consolida rápidamente en los países más prósperos. En estados periféricos, amenazados o en dificultades económicas, surge como solución al atraso la peligrosa fantasía de una nación perfectamente homogénea y unida en un esfuerzo colectivo. Esta forma de hiper-nacionalismo termina en pesadilla más de una vez.

Próximo capítulo: la nación como problema.

1 Comentarios:

At 5:23 p. m., Anonymous Anónimo dijo...

Interesante post. Sin embargo no comparto el parrafo final que me parece bastante cobarde (muy en la línea ortodoxa de desaprobar el concepto de nación por sus excesos):
"En estados periféricos, amenazados o en dificultades económicas, surge como solución al atraso la peligrosa fantasía de una nación perfectamente homogénea y unida en un esfuerzo colectivo. Esta forma de hiper-nacionalismo termina en pesadilla más de una vez." Antes has destacado el caracter igualitarista de la nación. Tengamos en cuenta la fuerza que puede hacer jugar la nación para remover privilegios de grupos o castas. Tengamos en cuenta
la fuerza para reunir y movilizar unos grupos humanos (ricos y pobres, urbanos y rurales) que de otro modo estarían sólo enfrentados en conflictos o tensiones sociales. Tengamos en cuenta que la nación es el principal argumento que hace posible la solidaridad para grupos humanos que se cuentan por millones. Quizá en una ciudad-estado las cosas serían distintas. Si toda idea o valor debiera de descartarse por sus excesos no quedaría nada. La nación no es ni buena ni mala, ni solución ni problema. Puede serlo todo.
titus

 

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