27 octubre 2005

Gripe pandémica: Introducción.

La historia nos dice que cada cierto número de años aparece una cepa de gripe humana que afecta a un mayor número de personas de lo habitual y causa infecciones más graves. La nueva cepa se extiende rápidamente por el planeta entero, causando un número de muertes mucho mayor que el de la gripe típica. A esta clase de gripe se la denomina gripe pandémica y suele durar como mucho unos pocos años. Los virus que causan la gripe pandémica no desaparecen, pero tras la primera ola, la mortalidad se reduce y el nuevo virus ya sólo causa gripe corriente. De hecho, todos los virus de la gripe humana corriente de tipo A que conocemos son descendientes de virus que causaron pandemias en el pasado.

Las dos últimas pandemias de gripe, en 1957 y 1968, son las que comprendemos mejor. El número de muertos que causó cada una de ellas es difícil de cuantificar con precisión, pero podemos tomar la cifra de 1 millón como aproximación aceptable. La mayoría de las victimas, en ambos casos, fueron personas mayores, con el sistema inmunitario debilitado, como ocurre con la gripe corriente. La anterior pandemia, en 1918, fue muchísimo peor. Es posible que causara la muerte de 50 millones de personas, muchas de ellas adultos sanos, de entre 15 y 35 años. La posibilidad de que algo similar se repita es la razón de que se haya invertido un considerable esfuerzo científico en comprender mejor esta pandemia. Recientemente se ha podido reconstruir el virus responsable a partir de cadáveres congelados en Alaska y muestras de tejido conservadas en parafina. Antes de la de 1918, hubo pandemias en 1889-91, 1830-33, 1781-82 y 1729-33, pero no sabemos prácticamente nada de los virus que las causaron. La estadística dice que es sólo cuestión de tiempo que vuelva a ocurrir. Una nueva pandemia como las de 1957 y 1968, aunque grave, no sería catastrófica. El verdadero problema lo causaría una pandemia como la de 1918. Teniendo en cuenta lo que sabemos del virus de la gripe, en teoría es posible una pandemia aún más agresiva.

Los virus de la gripe que afectan a humanos son de tres tipos: A, B y C. Los virus de tipo A son los responsables de las pandemias y también afectan a aves, cerdos, caballos y algunos otros mamíferos. Es probable que todos los virus de tipo A sean descendientes de los que causan la gripe en aves acuáticas. Por lo que sabemos hasta ahora, todos los que han afectado a humanos desde 1918 son descendientes, directos o indirectos, de virus de gripe aviar. Lo mismo es probable para los que afectaron a nuestros antepasados antes de esa fecha. Los virus de tipo B y C, que afectan fundamentalmente a humanos, posiblemente también procedan en último término de virus de tipo A aviares, pero llevan ya mucho tiempo entre nosotros. Se han adaptado a nuestro organismo y nosotros a ellos. Ya no pueden recombinar con virus de tipo A y no parece posible que causen una pandemia. La causa de las pandemias es precisamente el hecho de que compartamos virus de tipo A con aves y cerdos, lo que permite que virus con los que nunca hemos estado en contacto nos infecten y se transmitan entre nosotros.

El virus de la gripe está rodeado de una membrana de lípidos. De esta membrana sobresalen un par de proteínas fundamentales para el éxito del virus. La primera de ellas, la hemaglutinina, actúa como una ventosa que reconoce y se adhiere a un tipo de azúcar particular (ácido siálico). El ácido siálico está presente en la superficie de las células a las que ataca el virus. Las características de la hemaglutinina determinan en parte a que especies y a que tejidos puede infectar el virus, ya que los azucares a los que se adhiere varían entre especies y entre tipos de células. Distintas hemaglutininas se adhieren con mayor o menor efectividad a tipos de azúcares ligeramente diferentes. De ahí que la transferencia de virus de la gripe entre aves y humanos sea tan infrecuente. La segunda proteína de superficie es la neuraminidasa, capaz de cortar el ácido siálico y liberar al virus recién producido de la superficie de la célula infectada. La neuraminidasa también elimina el ácido siálico presente en la membrana del virus y así evita que los nuevos virus acaben pegados unos a otros.

Una vez que el virus se adhiere a una célula sana es ingerido por ésta y aislado en una vesícula de digestión. La acidez de este compartimento, sin embargo, provoca un cambio en el virus. El resultado es que la membrana que lo rodea se fusiona con la de la vesícula y el contenido del virus queda libre en el interior de la célula. Lo que contiene el virus son partículas denominadas nucleocápsidas, que son transportadas al interior del núcleo donde toman el control de la producción de proteínas. Cada nucleocápsida contiene una de las 8 moléculas de ARN que forman el genoma del virus, y lleva incorporada su propia polimerasa, capaz de copiar el ARN negativo del genoma en ARN mensajero positivo. Este ARN es exportado a las fábricas de proteínas de la célula, los ribosomas, donde sirve como guía para fabricar las proteínas del virus (polimerasa, neuraminidasa, hemaglutinina y otras seis más en el caso de la gripe de tipo A). Mientras tanto el ARN propio de la célula es destruido.

Cuando las proteínas víricas empiezan a acumularse, la polimerasa del virus cambia de actividad. En esta segunda fase copia el ARN negativo del genoma en un tipo diferente de ARN positivo, que no sirve para producir proteínas, sino que a su vez es copiado de nuevo para producir más ARN negativo. Este ARN negativo, que constituye el genoma de los nuevos virus, se une a la propia polimerasa y a una proteina estructural del virus formando las nucleocápsidas. Por su parte, la neuraminidasa y la hemaglutinina son exportadas a la membrana exterior de la célula, donde se acumulan en grandes cantidades. El paso final consiste en el empaquetamiento de las nucleocápsidas en una nueva partícula vírica que emerge del interior de la célula como si fuera una gota de líquido, llevándose de paso un trozo de membrana saturado de neuraminidasa y hemaglutinina. El nuevo virus queda así listo para infectar una nueva célula.

Un detalle importante de la replicación del virus es que la hemaglutinina, para adoptar la configuración en la que es activa, necesita primero ser cortada en dos de una forma precisa. En la mayoría de los casos este corte es realizado por una enzima de la víctima, una proteasa extracelular que sólo está presente en unos pocos tejidos. Una de las razones por las que ciertas cepas de virus de la gripe aviar son particularmente letales es que su hemaglutinina puede ser cortada por proteasas presentes en la mayoría de las células, lo que le permite reproducirse en distintos órganos.

La hemaglutinina es también importante porque representa el principal punto débil del virus en su combate con el organismo infectado. La gripe, a diferencia de otros virus, no puede permanecer durmiente en el interior celular. Necesita moverse constantemente de célula a célula. Al hacerlo el virus queda expuesto al ataque del sistema inmune. El arma más eficaz frente al virus de la gripe es la producción de anticuerpos capaces de reconocer las proteínas de superficie del virus, la hemaglutinina y, en menor medida, la neuraminidasa. Los anticuerpos son proteínas producidas por los leucocitos. Se unen a moléculas extrañas para el organismo y las inactivan o las señalan para que sean atacadas por otras células del sistema inmune. El sistema inmune puede producir una enorme variedad de anticuerpos, pero cada leucocito sólo produce un solo tipo. Por esta razón, puede pasar bastante tiempo hasta que un nuevo virus entre en contacto con un leucocito productor de anticuerpos capaces de reconocerlo. Una vez que esto ocurre, sin embargo, el leucocito puede multiplicarse rápidamente, aumentando la producción del anticuerpo hasta liquidar al virus. La efectividad del anticuerpo, además, puede ser mejorada mediante hipermutación, un proceso en el que se generan numerosas variantes de un anticuerpo efectivo y se seleccionan las mejores. Aún más importante es que una parte de los nuevos leucocitos producidos durante la respuesta a la infección son reservados en forma de células de memoria, con lo que se reduce considerablemente el tiempo de respuesta si el virus vuelve a atacar.

En el caso de los virus de la gripe humana de tipo A, es prácticamente imposible que el mismo virus sea capaz de volver a infectar con éxito a alguien que haya sufrido anteriormente su ataque. La razón por la que la gripe de tipo A sobrevive año tras año es que el virus es capaz de evolucionar a gran velocidad. La polimerasa de ARN comete errores con considerable frecuencia al copiar el genoma. La mayoría de estos errores producen virus defectuosos. En algunos casos, sin embargo, los errores tienen como resultado que las proteínas de superficie producidas a partir del nuevo genoma son ligeramente distintas, sin dejar por ello de ser funcionales. Si este nuevo virus infecta a alguien que haya estado en contacto con el viejo, los anticuerpos producidos a partir de las células de memoria sólo funcionaran a medias. Mientras el sistema inmune encuentra unos mejores, el virus tiene tiempo suficiente de reproducirse y ser emitido al ambiente. Año tras año nuevas cepas del virus sustituyen a las ya conocidas, pero mientras los cambio sean pequeños, la mayoría de las víctimas del virus serán capaces de eliminarlo antes de que cause muchos daños.

Por desgracia, entre los virus de la gripe de tipo A que afectan a las aves se han identificado 16 subtipos muy diferentes de hemaglutinina y 9 de neuraminidasa. Los anticuerpos que reconocen la hemaglutinina de un subtipo particular no tienen ningún efecto frente a la de un subtipo distinto. La teoría actual es que las pandemias de gripe humana se producen cuando un virus con un subtipo de hemaglutinina al que la mayoría de la población nunca ha estado expuesta comienza a transmitirse entre humanos. En el próximo capítulo veremos cómo puede ocurrir esto.

03 octubre 2005

La nación, una idea poderosa.

Pensaba escribir hoy sobre otro tema, pero creo que este un asunto importante sobre el que merece la pena reflexionar un rato. Comencemos por definir los términos del debate. La nación, en mi opinión, puede entenderse como una comunidad de individuos que creen compartir, por encima de sus intereses individuales, unos intereses comunes que son diferentes a los de otras naciones. Es importante darse cuenta de que los intereses comunes de una nación no son concebidos por sus miembros simplemente como la suma de sus intereses individuales. Una nación no es grupo de presión. La nación es imaginada como una entidad hasta cierto punto independiente de sus componentes. Los miembros de una nación han de estar dispuestos a sacrificar sus intereses particulares en aras del bien de la misma. En tiempo de guerra la defensa de la nación está por encima incluso de la vida de los individuos que la componen, que pueden ser forzados a alistarse y a combatir. Una característica esencial de las naciones es que el sacrificio individual que exigen no se basa en la lealtad personal al líder. Una nación no es un dominio feudal. La nación se imagina a sí misma como un continuo que se extiende hacia atrás en el tiempo, generación tras generación. La nación existe por encima de sus líderes momentáneos, que son imaginados como servidores de la patria. La nación es pues una entidad donde todos los que creen en ella son esencialmente iguales, insignificantemente iguales. Una nación, finalmente, no se basa en el conocimiento personal entre los miembros de una comunidad. La nación no es una ciudad-estado. La nación generalmente se define a partir de una esfera cultural preexistente, pero para que una esfera cultural se convierta en nación hace falta que se cree un espacio público de diálogo. Es necesario que cada miembro de la nación imagine que toda esa otra gente a la que no conoce y con los que nunca ha hablado, pero que comparten sus costumbres culinarias tienen, en el fondo, los mismos intereses que él. La nación es pues una creación cultural en el sentido de que sólo tiene eficacia, como los tabúes o el dinero, porque existe una comunidad de personas que creen en ella.

Las naciones, entendidas según la definición anterior, son un fenómeno histórico que surge en primer lugar en Europa y en Norteamérica, como resultado de un proceso que comienza a finales del siglo XVIII pero no alcanza su forma madura hasta bien entrado el XIX. La aparición de naciones, o su “descubrimiento”, ocurre como parte de un proceso mucho más complejo de reconstrucción de las bases ideológicas sobre las que se sustentan los estados, entendidos estos como unidades administrativas y territoriales mutuamente excluyentes. Los estados habían estado hasta entonces dirigidos por una élite que no pretendía representar otros intereses que los suyos propios, o si acaso los de la religión verdadera, y que esperaba la obediencia de sus súbditos como algo natural. La imprenta, la alfabetización progresiva, y más adelante el desarrollo de la prensa son responsables de la creación en Europa de esferas culturales que se van haciendo progresivamente más nítidas y más uniformes interiormente. La nación puede, por primera vez, imaginarse a sí misma. Simultáneamente la producción de armas de fuego baratas y fáciles de manejar es uno de los avances en la tecnología militar que, junto a los crecientes excedentes agrícolas, hacen posible y por tanto necesaria la movilización de una proporción cada vez mayor de la población en tiempos de guerra. La guerra entre estados se convierte en un esfuerzo colectivo que requiere la colaboración activa de todos los habitantes del territorio. Por otra parte, el crecimiento de las grandes urbes, y en particular las capitales, con sus desfiles militares y otros espectáculos públicos del poder, hacen visible la existencia de un pueblo al que los gobernantes o los que desean alcanzar el poder pueden ahora apelar directamente. Las masas, convocada por la prensa oficial o alternativa, se convierten en un instrumento de fuerza al que se utiliza para atacar a la oposición interna. Bien sea en forma de revolución o contrarrevolución o mediante la amenaza de violencia que representan las demostraciones multitudinarias, la gente corriente descubre el poder que le da el ser muchos. El apoyo de las masas, explícito o asumido se convierte rápidamente en la nueva fuente de legitimidad, por encima de los derechos hereditarios o la posesión de conocimientos especializados. El interés de la nación se convierte en el bien último. El sistema que termina imponiéndose como forma de gobernar las naciones es la democracia universal y representativa, que se consolida rápidamente en los países más prósperos. En estados periféricos, amenazados o en dificultades económicas, surge como solución al atraso la peligrosa fantasía de una nación perfectamente homogénea y unida en un esfuerzo colectivo. Esta forma de hiper-nacionalismo termina en pesadilla más de una vez.

Próximo capítulo: la nación como problema.