22 julio 2005

Peras y Manzanas: Brown versus Plessy.

En mi opinión el debate sobre el matrimonio homosexual va a volver a la superficie antes o después. Por lo tanto, y aunque ahora mismo no sea ya un tema candente, creo que merece la pena pensar un poco sobre este asunto. Comencemos pues con un poco de historia, en este caso la historia de la integración de la población negra de Estados Unidos como ciudadanos de pleno derecho.

Un momento clave de este proceso fue Brown v. Board of Education, la decisión del Tribunal Constitucional que en 1954 declaró que las escuelas públicas separadas para blancos y negros eran contrarias a la enmienda decimocuarta de la Constitución. Esta enmienda, adoptada poco después de la Guerra Civil, prohíbe la discriminación entre ciudadanos y garantiza igual tratamiento por parte de la ley. Los defensores de la segregación sostenían que las escuelas públicas para negros eran o estaban en proceso de ser de la misma calidad material que las reservadas para blancos y que, por lo tanto, no existía ninguna discriminación. Este argumento se resumía en la expresión “Separate but equal” y el mismo Tribunal Constitucional lo había utilizado en 1896, en este caso para justificar la constitucionalidad de una ley de Louisiana que prescribía la separación de pasajeros blancos y negros en los trenes. La ley en cuestión exigía específicamente que los compartimentos o vagones designados para las dos razas fueran iguales.

El caso de 1896 se conoce como Plessy v. Ferguson y comenzó cuando un pasajero con un octavo de sangre negra intentó sentarse en un vagón reservado para blancos. El Tribunal Constitucional decidió en aquella ocasión que la separación de las razas no implicaba discriminación y que por tanto no violaba la decimocuarta enmienda. Si los negros interpretaban la separación como una marca de inferioridad, vinieron a decir los jueces, eso era ya un problema suyo. Según el Tribunal, además, los prejuicios sociales no podían ser eliminados mediante actos legislativos. La igualdad social sólo podría alcanzarse por voluntad de los individuos, y la obligación del Gobierno era únicamente garantizar la igualdad legal en cuanto a derechos y oportunidades. Los intentos de eliminar los instintos raciales mediante legislación sólo iban a empeorar la situación. La decisión del Tribunal concluye que si una raza es considerada inferior a otra por la sociedad no hay nada que pueda hacer la Constitución para igualarlas.

Brown v. Board of Education rechazó de plano el argumento “Separate but equal”, al menos en lo tocante a la educación pública. Los casos que se juzgaban en esta ocasión eran demandas presentadas por padres de niños negros de primaria que no habían sido admitidos en escuelas reservadas para blancos. Los jueces decidieron que el hecho de separar en escuelas especiales a los niños negros era por sí mismo suficiente para crearles un sentimiento de inferioridad, con inevitables consecuencia negativas en cuanto a su rendimiento académico. Por tanto, los 21 Estados cuyas leyes ordenaban o permitían escuelas públicas segregadas estaban violando los derechos constitucionales de los niños negros dado que, en estas condiciones, era imposible proporcionarles las mismas oportunidades educativas, independientemente de la calidad material de escuelas y profesores. Esta decisión fue bastante sorprendente en su momento. El Tribunal Constitucional se enfrentaba no sólo a la interpretación tradicional de la Constitución, sino también a la voluntad expresa de la mayoría de la población en un número considerable de Estados. Para entender la decisión hay que considerar no sólo los detalles del caso, sino también la situación política y social del momento.

El hecho de que los demandantes actuaran en nombre de niños de primaria sin duda tuvo un efecto importante en la decisión. En algunos casos estos niños se veían obligados a desplazarse a escuelas lejanas por vivir en zonas de mayoría blanca. Todo el mundo era consciente además de que las escuelas para negros eran, en muchas ocasiones, muy inferiores a las escuelas para blancos, y que era muy complicado que esto cambiara mientras las decisiones sobre financiación estuvieran en manos de la mayoría blanca.

Otro aspecto importante es que, entre los testimonios analizados por los jueces, estaba el del psicólogo Kenneth Clark que afirmaba haber comprobado la existencia de complejos de inferioridad en los niños negros de zonas segregadas. Según este psicólogo, cuando en un experimento se les pedía a niños negros señalar la muñeca “buena” y se les daba a escoger entre una de piel blanca y otra de piel negra, los niños negros tendían a elegir la blanca. Por razones obvias la defensa no podía en este caso utilizar el argumento de Plessy de que el sentimiento de inferioridad era sólo un problema del que se sentía inferior. La validez científica de estos estudios es discutible, lo esencial es que permitieron a los jueces utilizar el avance de la ciencia como justificación del abandono de la interpretación tradicional de la Constitución. Como comentaba en otra ocasión, los argumentos científicos permiten disfrazar de objetividad las decisiones políticas. En este caso además el Tribunal carecía de legitimidad para alterar la ley. La única estrategia posible era pues reinterpretar la realidad. Lo que antes parecía igual, ahora se ha descubierto que, en realidad, es desigual, y eso gracias al avance de la psicología.

Todo esto sin embargo no hubiera sido suficiente si no existiese previamente una cierta voluntad de integración en una parte considerable de la población blanca y, sobre todo, entre la élite intelectual y política. Cuando se decide Brown el ejército estaba ya completando la integración de soldados negros en unidades mixtas. La experiencia de la Segunda Guerra Mundial había hecho evidente que las unidades segregadas no sólo eran una forma de organización ineficiente, sino además una vergüenza para un ejército que se enorgullecía de luchar en nombre de la libertad. La miseria y discriminación de la población negra constituían además un serio problema de imagen para una nación que pretendía exportar su modelo de sociedad. Para la Unión Soviética era una propaganda perfecta, en particular a la hora de ganar influencia en las naciones surgidas de la descolonización. La imagen de los blancos gobernando sobre los negros resonaba poderosamente en estas circunstancias. Existía además el miedo de que los estadounidenses de raza negra se sintieran atraídos por el comunismo y pudieran ser utilizados por los soviéticos para desestabilizar el país. Finalmente la combinación de prosperidad económica y una poderosa amenaza exterior estaba creando en la sociedad americana una voluntad de consenso y unidad que se manifestaba en generosidad con los ciudadanos leales y persecución de los disidentes. En estas circunstancias se puede decir que la decisión del Tribunal Constitucional sirvió de excusa a los políticos que sabían que la integración era deseable o inevitable, pero que no tenían prisa por pagar el coste político de la medida. Así, cuando el Presidente Eisenhower mandó al ejército para proteger a los estudiantes negros en Little Rock, Arkansas, la decisión podía ser presentada como una simple cuestión de defensa de la Constitución.

El proceso de integración de la población negra como ciudadanos de pleno derecho fue largo y conflictivo y, en opinión de muchos, aún no se ha completado, pero el caso es que a día de hoy ya forma parte del mito fundacional de la nación. Los americanos de cualquier raza del siglo XXI pueden ahora identificarse con Martin Luther King, que ha sido incorporado al panteón de héroes como un ejemplo más de la lucha por la libertad, esa poderosa idea que sirve como eje a la Historia con mayúsculas de los Estados Unidos. Desde el Mayflower a Irak, con sus principales jalones en la Guerra de la Independencia, la Guerra Civil y la Segunda Guerra Mundial. Los partidarios de la segregación, mientras tanto, han desaparecido prácticamente de la memoria histórica, como si ellos no hubieran sido americanos de verdad.

01 julio 2005

Reforma sin Compromisos: Despertando al dragón.

Como explicábamos el otro día, en la política española lo que se lleva es gobernar “por cojones” y no esas mariconadas de dar explicaciones, debatir y llegar a compromisos. Es evidente que a este respecto el estilo de Zapatero supone una mejora sobre el último Aznar, pero no creo que sea suficiente. A falta de cambios drásticos en el sistema la cabra siempre va a tirar al monte. Sería deseable crear un clima en el que los gobernantes se sientan obligados a convencer y dialogar. Para ello sería necesario que políticos, periodistas y opinadores llegaran al acuerdo implícito de que debatir en serio las reformas y las decisiones importantes es lo mejor para todos y que las aparentes ventajas del estilo imperial son en realidad efímeras. Creo que la reforma del matrimonio civil para incluir a las parejas homosexuales puede servirnos de ejemplo para analizar esta cuestión.

Desde un punto de vista progresista esta medida no perjudica a nadie, amplía derechos y no cuesta un duro. Además, en principio, no debería suponer una importante pérdida de votos. La medida sólo molesta de verdad a los sectores más conservadores de la sociedad, que de todas formas no iban a votar progresista. En cuanto a la jerarquía eclesiástica, para una parte de la progresía nacional su enfado es parte de lo que hace atractiva la propuesta. Ahora pueden ir presumiendo por el mundo de modernidad e hinchar orgullosos el pecho por haber impulsado la Libertad y la Igualdad. Lo de la Fraternidad ya no está tan claro. Si encima no hay que subir los impuestos, ¿qué mas se le puede pedir a una reforma progresista? Muchos intelectuales de izquierdas ven la moral conservadora y la doctrina de la Iglesia que la justifica como a elefantes achacosos camino del cementerio de las ideas. En unos años, se dicen, todo el mundo verá esto cómo lo más normal del mundo y si acaso nos preguntaremos porqué no lo hicimos antes. Los que se oponen a esta medida, insisten, son únicamente un puñado de Talibanes, que apenas resisten en las montañas, y que se extinguirán en cuanto les de un poco la luz. Si acaso lograrán embarrar la imagen del PP entre los centristas y hasta puede que acaben provocando la escisión de la derecha.

Si volvemos ahora al terreno de la realidad nos daremos cuanta de que las cosas son bastante diferentes. La oposición al matrimonio homosexual, aunque muy lejos de ser mayoritaria, representa una proporción significativa de la sociedad. Creo que es razonable afirmar que los sectores más conservadores se sentían un tanto alienados por la situación política española, después de haber tenido que aceptar derrota tras derrota. Sólo con el tema del control de contenidos sexuales en la televisión podían atraer suficientes apoyos cómo para lograr modificar las leyes. Ahora tienen una causa común, un objetivo claro y alcanzable, y que además no despierta el mismo rechazo entre los sectores centristas del PP que otros asuntos como la restricción del aborto o el divorcio. La influencia de un grupo de presión en un partido depende de lo que el grupo de presión puconseda hacer por el partido y del precio que el partido tenga que pagar por contentar al grupo de presión. Impedir a las parejas homosexuales adoptar niños y dejar de llamar matrimonios a sus uniones es un precio muy barato, prácticamente gratis. ¿Cuánta gente está dispuesta a movilizarse por este tema? ¿Cuánto rechazo despierta realmente entre los centristas? A cambio los sectores conservadores van a trabajar para el partido como nunca, porque esta vez pueden ver el éxito al alcance de los dedos. No sólo acudirán masivamente a las urnas, aplaudirán a rabiar en los mítines y trabajarán gratis en la campaña, sino que también predicarán a sus vecinos, compañeros de trabajo o de bar. La Iglesia participará también en el esfuerzo. La influencia de los sectores conservadores dentro del PP sin duda va a crecer Le han sabido dar, además, un enfoque positivo al debate, el derecho de los niños a un padre y una madre, que les ayuda a reducir la desconfianza que provocaría un exceso de moralina o religiosidad y les permite así hacerse más visibles tanto dentro del partido como en la sociedad en general. Temas con menos atractivo, como la evaluación de la asignatura de religión, pueden pasar ahora a un segundo plano.

Es difícil imaginar al PSOE en campaña alertando a las masas de que la derecha le va a quitar el derecho de adopción a los homosexuales. Y mejor no pensar en el tratamiento que podría tener la próxima noticia de un caso de abuso a menores por parte de un homosexual. Cuando el PP gane las elecciones, que antes o después ocurrirá, la ley será cambiada (a menos que tarden 20 años). Probablemente mantengan una regulación de uniones homosexuales bastante parecida al matrimonio, pero el derecho de adopción y posiblemente el uso de la palabra matrimonio desaparecerán. Animados por la victoria los sectores conservadores pedirán más.