09 junio 2005

Eta como "sociedad criminal": Principios generales

Antes de considerar la cuestión de si conviene negociar con Eta, creo que es importante situar el problema en su contexto. Eta es, entre otras cosas, un grupo criminal. En mi opinión muchos aspectos del fenómeno etarra son comunes a otros tipos de criminalidad. Lo que sigue es un análisis general del fenómeno de la criminalidad y las respuestas apropiadas a la misma desde un punto de vista utilitarista. Creo que los aspectos aplicables al fenómeno etarra son en muchos casos evidentes, pero eso lo dejaré para otro día.
Creo que estamos de acuerdo en que, para la mayoría de la gente, la amenaza de la cárcel no es lo que les impide cometer crimines. La opinión del entorno inmediato (familia, amigos, vecinos) ejerce un efecto mucho más importante. Normalmente esta opinión determina, en gran medida, las posturas morales de los individuos. La mayoría de la gente no pierde mucho tiempo en decidir por si mismos que matar está muy mal. Aún en el caso de que un individuo no comparta las opiniones morales de su entorno el miedo a la vergüenza y el rechazo son extremadamente efectivos a la hora de frenar sus impulsos. Sólo una vez superada esta barrera entran en consideración los inconvenientes de la prisión. Podemos por tanto distinguir dos clases de criminales: aquellos que rechazan las opiniones morales de su entorno y aquellos que viven en entornos que exculpan ciertos crímenes. A estos entornos me refiero con la expresión “sociedades criminales”. En cuanto a la capacidad disuasoria de la prisión podemos distinguir también dos tipos extremos de criminales: aquellos que consideran que el beneficio que esperan obtener del crimen compensa el riesgo de ser descubiertos y castigados y aquellos que actúan por impulso y sin considerar las consecuencias.
Respecto a los criminales asociales e impulsivos (lo que se suele llamar locos peligrosos) la única forma de prevención es la detección precoz de estos individuos y su supervisión y tratamiento individualizado. Para reducir este tipo de criminalidad es necesario invertir en servicios de salud mental. Los criminales asociales y calculadores, por otra parte, pueden ser disuadidos con una mayor eficacia policial y largas condenas. Las políticas de tolerancia cero sostienen que la persecución implacable de delitos menores o incluso de simples comportamientos asociales es eficaz a la hora de prevenir este tipo de crímenes. Según estas teorías la percepción de impunidad hace atractiva la comisión de pequeños delitos. A su vez los beneficios experimentados con estos delitos refuerzan el rechazo a la moral del entorno, facilitando así la transición a crímenes mayores. Una política alternativa es evitar las situaciones de miseria que hacen atractivos ciertos crímenes y la marginación que favorece el desarrollo de personalidades asociales.
La existencia de “sociedades criminales” plantea una serie de problemas distintos. En primer lugar es necesario comprender su funcionamiento. “Sociedades criminales” las hay de muchos tipos. Pueden ser desde los pueblos de narcotraficantes y los barrios marginales dedicados al trapicheo hasta los elementos machistas de nuestra cultura que se esconden detrás de la violencia doméstica. El primer caso genera un tipo de criminalidad calculadora y se pueden aplicar los mismos principios que con los criminales asociales: tolerancia cero (complicada enormemente por la solidaridad del grupo), ayuda económica y programas de integración según el caso. En la violencia doméstica la criminalidad es muchas veces impulsiva y el esfuerzo debe concentrarse en la detección precoz, la vigilancia y el tratamiento, aunque en este caso la especificidad de las víctimas potenciales ofrece las posibilidades de escolta individual y órdenes de alejamiento.
En estos tipos de criminalidad el objetivo final, sin embargo, no debe ser el control sino la desaparición o al menos el debilitamiento de la sociedad criminal. Para ello es necesario cambiar los valores morales del grupo. Hay que entender que la criminalidad no sólo puede proporcionar beneficios materiales, sino que sus aspectos violentos, con la asociación de fuerza y poder pueden resultar atractivos de por sí en determinados contextos. En el caso de pueblos o barrios, por ejemplo, una opción es explotar las fracturas internas apoyando a miembros del grupo opuestos a la actividad criminal para que actúen como modelos alternativos, a la vez que se margina y humilla mediante el acoso constante a los líderes violentos. En algunos casos la vergüenza asociada a la publicidad puede ayudar a eliminar el problema. El fenómeno del machismo violento, por otra parte, es la manifestación extrema de un rasgo cultural muy difundido en el conjunto de la sociedad. Son necesarias en este caso la concienciación y la autocensura. La concienciación debe hacer visible el sufrimiento de las víctimas y familiares, así como la conexión entre los aspectos aparentemente inocuos del machismo y su expresión violenta. La autocensura tiene como objetivo eliminar toda expresión pública que pueda interpretarse como justificación de la violencia. Hay que tener cuidado incluso en que la descripción de las agresiones en toda su brutalidad no se convierta en una forma de glorificación de individuos que están orgullosos de sus actos.
Un problema particular es el que se presenta cuando la sociedad criminal se desarrolla en el seno de una cultura marginal. Este es el caso, por ejemplo, de los guetos o de los poblados gitanos. En este caso las acciones de la sociedad circundante son inmediatamente consideradas sospechosas, mientras que las acciones de los miembros del grupo marginal tienen inmediatamente el beneficio de la duda. La ley es vista en muchos casos como una imposición externa y su violación puede convertirse en motivo de orgullo. La actividad policial normal es vista como una forma de violencia que refuerza la solidaridad del grupo. Por otro lado la acción policial y judicial tiene mayores posibilidades en estos casos de ser injusta o incluso brutal, dado que las víctimas de la misma son vistas muchas veces como enemigos externos, lo que disminuye la posibilidad de empatía. En estos casos existe además una tendencia, por parte de la sociedad, a considerar los grupos marginales como irrecuperables. Se instala así una situación en la que las dos partes piensan en términos de ellos y nosotros. O ellos o nosotros.