29 junio 2005

Reformas y Compromisos: el Gran Salto Adelante.

El matrimonio homosexual está a punto de aprobarse y parece que hay mucha gente enfadada. El Gobierno podía haber hecho un mayor esfuerzo de persuasión a la hora de acometer esta reforma, pero es lo que tiene el síndrome del parlamentario obediente. Es de eso de lo que hoy quiero hablar. Las causas principales, en mi opinión, son la financiación pública y centralizada de los partidos y esa concepción española de la política cómo la continuación de una guerra civil por otros medios. Las cosas serían diferentes con elecciones separadas para el ejecutivo y el legislativo o con parlamentarios elegidos en distritos unipersonales, pero no parece que sea ahora el momento de hacer cambios radicales en el sistema político, en particular cuando aun no tenemos claro si somos una nación, un estado, una federación o una comunidad de vecinos mal avenida. El caso es que tal y como funciona nuestro sistema no existen muchos incentivos para llegar a acuerdos amplios. Justificar las decisiones da mucha pereza y para los hooligans de cada partido político los compromisos, especialmente desde el poder, son un síntoma de debilidad. “Písale, písale” se oye gritar a los periodistas afines. En los medios sólo hablan los ministros y algún selecto jerifalte del partido. Mientras tanto la masa de parlamentarios lobotomizados sonríe beatíficamente y hace los coros. El resultado de todo esto es que, cada vez que cambia el Gobierno, las leyes se reforman antes de que se seque la tinta de la anterior versión. El lema parece ser: “Tú reforma, que algo queda”. Las Universidades y los colegios ya tienen bastantes problemas, ¿es que no es posible ponerse de acuerdo y darles un marco legal estable? Aunque a algunos les parezca difícil de creer, los Gobiernos van a seguir cambiando. Legislar vengativamente (¡ahora os vais a enterar!) no me parece una gran idea.

En Estados Unidos, cuando el Gobierno se plantea aprobar una medida controvertida, el terreno se prepara primero cuidadosamente. Se diseña una estrategia completa, con argumentarios y ejemplos fáciles de comprender, para explicar porque es necesario el cambio. El Presidente presenta y justifica la reforma en ruedas de prensa y en discursos a lo largo y ancho del país, a veces incluso aceptando preguntas del público. Congresistas y senadores, tanto figuras nacionales como representantes locales, debaten en público las ventajas y los inconvenientes, en numerosos programas de radio y televisión. Los periódicos de calidad toman partido, pero antes explican los argumentos de uno y otro lado y justifican su decisión. Si se percibe una fuerte resistencia por parte de los votantes (las encuestas son continuas) la reforma es modificada o incluso abandonada. No es necesario que la resistencia sea mayoritaria. Todos saben que los grupos bien organizados de votantes cabreados (y aún más si tienen dinero) tienen una influencia considerable, debido al sistema de primarias y a la apatía general. Un presidente popular puede ejercer bastante presión sobre los legisladores de su partido, pero no hasta el punto de obligarles a enfrentarse con sus electores. Es cierto que los argumentos son muchas veces simplistas y vergonzosamente demagógicos y que para una parte considerable de la población el debate es sólo un murmullo lejano. Es cierto también que el proceso puede bloquear reformas audaces, como la de los seguros médicos en tiempos de Clinton o, ahora mismo, la reforma de las pensiones de Bush II. Igualmente, la necesidad de justificar cualquier cambio, contribuye a mantener en vigor leyes que sólo benefician a unos pocos, siempre y cuando esos pocos puedan armar mucho jaleo. No se trata aquí de vender un coche usado.

En España, por el contrario, las decisiones son finales ya antes de ser anunciadas. Los medios públicos y las encuestas del CIS son utilizados sin rubor para promocionar el producto. Los periodistas afines cantan las alabanzas de la nueva medida, mientras que los de la otra orilla anuncian la inmediatez del Apocalipsis, la vuelta a las Cavernas, el Llanto y el Crujir de Dientes. El debate, si se produce, es un pobre simulacro en el que nadie pretende que exista la posibilidad de un cambio de postura. A la hora de la verdad todos sabemos que el grupo parlamentario dará un paso al frente, como un solo hombre, prietas las filas, todos a una, y pulsará el botón correcto. Otro “Gran Salto Adelante” se ha consumado. Hasta que cambie el Gobierno.

09 junio 2005

Eta como "sociedad criminal": Principios generales

Antes de considerar la cuestión de si conviene negociar con Eta, creo que es importante situar el problema en su contexto. Eta es, entre otras cosas, un grupo criminal. En mi opinión muchos aspectos del fenómeno etarra son comunes a otros tipos de criminalidad. Lo que sigue es un análisis general del fenómeno de la criminalidad y las respuestas apropiadas a la misma desde un punto de vista utilitarista. Creo que los aspectos aplicables al fenómeno etarra son en muchos casos evidentes, pero eso lo dejaré para otro día.
Creo que estamos de acuerdo en que, para la mayoría de la gente, la amenaza de la cárcel no es lo que les impide cometer crimines. La opinión del entorno inmediato (familia, amigos, vecinos) ejerce un efecto mucho más importante. Normalmente esta opinión determina, en gran medida, las posturas morales de los individuos. La mayoría de la gente no pierde mucho tiempo en decidir por si mismos que matar está muy mal. Aún en el caso de que un individuo no comparta las opiniones morales de su entorno el miedo a la vergüenza y el rechazo son extremadamente efectivos a la hora de frenar sus impulsos. Sólo una vez superada esta barrera entran en consideración los inconvenientes de la prisión. Podemos por tanto distinguir dos clases de criminales: aquellos que rechazan las opiniones morales de su entorno y aquellos que viven en entornos que exculpan ciertos crímenes. A estos entornos me refiero con la expresión “sociedades criminales”. En cuanto a la capacidad disuasoria de la prisión podemos distinguir también dos tipos extremos de criminales: aquellos que consideran que el beneficio que esperan obtener del crimen compensa el riesgo de ser descubiertos y castigados y aquellos que actúan por impulso y sin considerar las consecuencias.
Respecto a los criminales asociales e impulsivos (lo que se suele llamar locos peligrosos) la única forma de prevención es la detección precoz de estos individuos y su supervisión y tratamiento individualizado. Para reducir este tipo de criminalidad es necesario invertir en servicios de salud mental. Los criminales asociales y calculadores, por otra parte, pueden ser disuadidos con una mayor eficacia policial y largas condenas. Las políticas de tolerancia cero sostienen que la persecución implacable de delitos menores o incluso de simples comportamientos asociales es eficaz a la hora de prevenir este tipo de crímenes. Según estas teorías la percepción de impunidad hace atractiva la comisión de pequeños delitos. A su vez los beneficios experimentados con estos delitos refuerzan el rechazo a la moral del entorno, facilitando así la transición a crímenes mayores. Una política alternativa es evitar las situaciones de miseria que hacen atractivos ciertos crímenes y la marginación que favorece el desarrollo de personalidades asociales.
La existencia de “sociedades criminales” plantea una serie de problemas distintos. En primer lugar es necesario comprender su funcionamiento. “Sociedades criminales” las hay de muchos tipos. Pueden ser desde los pueblos de narcotraficantes y los barrios marginales dedicados al trapicheo hasta los elementos machistas de nuestra cultura que se esconden detrás de la violencia doméstica. El primer caso genera un tipo de criminalidad calculadora y se pueden aplicar los mismos principios que con los criminales asociales: tolerancia cero (complicada enormemente por la solidaridad del grupo), ayuda económica y programas de integración según el caso. En la violencia doméstica la criminalidad es muchas veces impulsiva y el esfuerzo debe concentrarse en la detección precoz, la vigilancia y el tratamiento, aunque en este caso la especificidad de las víctimas potenciales ofrece las posibilidades de escolta individual y órdenes de alejamiento.
En estos tipos de criminalidad el objetivo final, sin embargo, no debe ser el control sino la desaparición o al menos el debilitamiento de la sociedad criminal. Para ello es necesario cambiar los valores morales del grupo. Hay que entender que la criminalidad no sólo puede proporcionar beneficios materiales, sino que sus aspectos violentos, con la asociación de fuerza y poder pueden resultar atractivos de por sí en determinados contextos. En el caso de pueblos o barrios, por ejemplo, una opción es explotar las fracturas internas apoyando a miembros del grupo opuestos a la actividad criminal para que actúen como modelos alternativos, a la vez que se margina y humilla mediante el acoso constante a los líderes violentos. En algunos casos la vergüenza asociada a la publicidad puede ayudar a eliminar el problema. El fenómeno del machismo violento, por otra parte, es la manifestación extrema de un rasgo cultural muy difundido en el conjunto de la sociedad. Son necesarias en este caso la concienciación y la autocensura. La concienciación debe hacer visible el sufrimiento de las víctimas y familiares, así como la conexión entre los aspectos aparentemente inocuos del machismo y su expresión violenta. La autocensura tiene como objetivo eliminar toda expresión pública que pueda interpretarse como justificación de la violencia. Hay que tener cuidado incluso en que la descripción de las agresiones en toda su brutalidad no se convierta en una forma de glorificación de individuos que están orgullosos de sus actos.
Un problema particular es el que se presenta cuando la sociedad criminal se desarrolla en el seno de una cultura marginal. Este es el caso, por ejemplo, de los guetos o de los poblados gitanos. En este caso las acciones de la sociedad circundante son inmediatamente consideradas sospechosas, mientras que las acciones de los miembros del grupo marginal tienen inmediatamente el beneficio de la duda. La ley es vista en muchos casos como una imposición externa y su violación puede convertirse en motivo de orgullo. La actividad policial normal es vista como una forma de violencia que refuerza la solidaridad del grupo. Por otro lado la acción policial y judicial tiene mayores posibilidades en estos casos de ser injusta o incluso brutal, dado que las víctimas de la misma son vistas muchas veces como enemigos externos, lo que disminuye la posibilidad de empatía. En estos casos existe además una tendencia, por parte de la sociedad, a considerar los grupos marginales como irrecuperables. Se instala así una situación en la que las dos partes piensan en términos de ellos y nosotros. O ellos o nosotros.