17 mayo 2005

Rajoy, el monte y el centro

Hay quien dice que el PP se ha echado al monte y que está alienando con su estrategia a los votantes de centro, pero si uno se para a analizar la situación no parece que esto sea así. Hay que tener en cuenta que el sistema político español no se lo pone fácil a la oposición. El Presidente es visto como responsable no sólo de las acciones de Gobierno, sino también de las medidas legislativas. Cuenta además con los medios públicos y los medios “amigos” para presentar estas iniciativas de la forma más atractiva posible. No es necesario contar con el principal partido de la oposición para casi nada, por lo que a éste no le quedan muchas opciones para proyectar su mensaje aparte de decir “NO” una y otra vez y lo más alto posible. Casi nadie sigue las discusiones en el parlamento por lo que a la oposición no le merece la pena preparar proyectos alternativos que no tienen ni siquiera la posibilidad de ser debatidos en profundidad. No hay prácticamente ninguna opción de atraer a diputados del partido en el Gobierno que puedan estar en desacuerdo con medidas impopulares del Presidente. Ante estas circunstancias la pregunta es: ¿Cómo se puede cortejar el voto centrista?
El voto centrista es un voto práctico, que quiere soluciones y no se siente atraído por ningún tipo de principio ideológico. Hay una cierta tendencia a pensar que el voto de centro es el que estudia con más detalle las propuestas de los partidos, pero es muy probable que esto no sea así. Entre los votantes de centro están también aquellos que no se sienten cualificados para opinar de política, los que no sienten una fuerte necesidad de que las cosas cambien o no tienen mucha esperanza de que el Gobierno pueda hacer milagros y finalmente también aquellos que no quieren bronca o prefieren ponerse del lado del ganador. Este tipo de votantes, si las cosas van más o menos bien, se va a decantar, en general, del lado del Gobierno antes que del de la oposición. Lo cierto es que la alternancia, en nuestro sistema, es extraordinariamente difícil. A menos que el director de la Guardia Civil se fugue a Laos con dinero robado a viudas y huérfanos, aparezcan misteriosos cadáveres enterrados en cal viva, se participe en una guerra con el 90% de la población en contra o se manipule una tragedia en riguroso directo, el Gobierno siempre parte con una considerable ventaja.
Una de las pocas opciones de la oposición es tratar de convencer a los centristas-indiferentes de que las cosas van muy mal. Una segunda estrategia es convencer al votante centrista de que el Gobierno actúa por principios ideológicos, en vez de por principios prácticos (o, lo que es peor aún, en respuesta a intereses particulares). Las acusaciones del PP de que el Gobierno provoca a la derecha y ataca a la Iglesia no tienen como objetivo advertir a los suyos, sino convencer a los centristas, que no sienten una fuerte oposición personal a estas medidas, de que el Gobierno actúa por revanchismo e ideología o en respuesta a un lobby. El mensaje es que el Gobierno pierde el tiempo resolviendo problemas inexistentes o creándolos donde no existen en vez de ocuparse de los problemas de verdad. En estos aspectos Rajoy no está siguiendo un guión escrito por Aznar sino limitándose a utilizar los pocos recursos que tiene para hacerse oír por los votantes de centro. Si las bases aplauden, pues mejor, pero éste es sólo un efecto secundario. Los fieles pueden quejarse, pero no van a abandonar el partido proteste mucho o poco.
El PP no tiene realmente otra alternativa que jugar con las cartas que le han tocado. No son cavernícolas, son conscientes de que no van a ganar votos siendo más generosos con Zapatero. Saben que si no se produce una crisis o un error garrafal del Gobierno van a perder y que, en el caso de que se produzca, tienen más que ganar si pueden argumentar que ellos ya nos habían avisado de que íbamos por mal camino. Las reglas del juego no dejan lugar a otra estrategia.