17 mayo 2005

Las víctimas y los violentos

En España, a pesar de lo que pueda parecer a primera vista, existe una fuerte tendencia al consenso social. Esta tendencia es particularmente evidente respecto a las situaciones de violencia. Probablemente como consecuencia de la memoria de la guerra civil (refrescada por el golpe de estado), la experiencia directa del terrorismo y el poso de la doctrina católica, es muy difícil en la España actual justificar la violencia con otro argumento que no sea la defensa frente a una violencia previa. La guerra de Irak o la situación en Palestina son casos obvios, pero este fenómeno de solidaridad con las victimas y de rechazo a la agresividad se ha extendido tanto y se ha vuelto tan dominante que se podría decir que es una de las características más definitorias de la sociedad española actual. La atención obsesiva de los medios a la violencia doméstica (ahora terrorismo doméstico) es sólo un ejemplo entre muchos. La violencia de la sociedad americana, por ejemplo, se ha convertido en una crítica mucho más eficaz que las enormes desigualdades sociales. Incluso la historia de España ha sido reinterpretada en estos términos. Así la crítica al franquismo (La lengua de las mariposas) se centra ahora en la represión de la posguerra, donde la violencia puede presentarse como gratuita y unidireccional. Simétricamente los defensores del franquismo (Pío Moa) rescatan del olvido la violencia de los años de la república. En vez de la justificación clásica de que era necesario salvar a España de una fantasmal dictadura comunista, se argumenta ahora que la violencia del franquismo era sólo una reacción (exagerada quizás, pero comprensible) a la violencia previa de las izquierdas.
El esquema de víctimas y violentos es utilizado una y otra vez por políticos y comentaristas en cualquier tipo de controversia, y no se trata ya sólo de violencia física. Las acusaciones de romper la baraja, saltarse las reglas, volver al pasado o echarse al monte son la música ambiental de nuestra democracia. Me atrevería a decir que en prácticamente todas las discusiones de asuntos sociales y políticos, incluso cuando no se produce una apelación explícita, se puede percibir la influencia de la condena social al violento. La polémica del matrimonio gay puede entenderse, por ejemplo, desde esta óptica. Los gays, en tanto que víctimas, despiertan una simpatía inmediata, lo que explica la dificultad de la derecha de articular la oposición a esta medida. Las únicas “víctimas” que pueden alegar son los niños adoptados por homosexuales. Si acaso se discute la urgencia o la falta de consenso de la iniciativa, con el fin de presentarla como una forma de violencia política. El tema de la inmigración ilegal es otro caso en que a la derecha le cuesta explicar su postura sin parecer cómplice en la explotación de los inmigrantes. A pesar de que ahora mismo pueda parecer que la izquierda es la que explota con más éxito el consenso social sobre las víctimas y la violencia, no cabe duda de que fue el Gobierno de Aznar el que fortaleció este consenso como parte de su política antiterrorista. Una vez lograda la condena general y sin paliativos de ETA, el PP usó este mismo consenso como arma contra los nacionalistas (amigos de los terroristas) o, con menos efectividad, contra los socialistas (amigos de los dictadores). Y todo iba bien hasta que Bush decidió invadir Irak.