18 mayo 2005

Historia reciente I: La política de la violencia

Como decíamos ayer el PP reforzó el consenso antiterrorista. Este proceso fue facilitado por la decisión de ETA de considerar objetivo principal a los políticos del PP y el PSOE. El asesinato de policías y militares, especialmente en los años de la guerra sucia y el ruido de sables, podía ser parcialmente comprensible para sectores de la población como respuesta a una violencia previa. Con el asesinato de políticos, y en particular de políticos sin poder real, la violencia de ETA adquirió un tinte diferente. El rechazo universal a esa violencia fue utilizado por el PP para ilegalizar a Batasuna. La ausencia de condena se convirtió en evidencia clara de complicidad. También le permitió condenar, por asociación, a partidos como el PNV, cuya condena del terrorismo no era lo suficientemente rotunda y cuyos fines tenían puntos en común con los de ETA. Una vez consolidada en gran parte de la sociedad esta forma de ver las cosas, el PP intentó avanzar un paso más y estigmatizar a la totalidad de los nacionalismos periféricos como movimientos políticamente violentos, por su voluntad de cambiar la constitución frente a la voluntad de la inmensa mayoría de los españoles. Tratar con estos partidos era ahora evidencia de complicidad en segundo grado.
El nacionalismo era “el otro” irracional y potencialmente violento, frente al “nosotros” del sentido común y el consenso (Patriotismo Constitucional). ETA pasaba a ser tan sólo la punta del iceberg de odio y rencor que amenazaba el buen rumbo de España. El rechazo hacia el nacionalismo llegó a convertirse en uno de esos consensos de los que casi nadie se atreve a discrepar. El PP logró así situar al PSOE en una complicada situación de la que éste intentó zafarse firmando, prácticamente en blanco, el pacto antiterrorista. El riesgo evidente de la estrategia del PP era que, tras quemar los puentes con el resto de los partidos, la mayoría absoluta se convertía en imprescindible. Por otra parte la ventaja que suponía liderar el consenso social parecía aún suficiente colchón, suficiente incluso para tomar medidas impopulares y evitar explicaciones y compromisos.
Gobernando por cojones el PP se fue acercando poco a poco al precipicio. Llegó entonces la guerra de Irak y mientras Tony Blair sudaba la gota gorda tratando de convencer a los británicos de la necesidad de acompañar a Bush en esa aventura, Aznar (sin despeinarse) nos explicaba que Sadam y ETA eran la misma cosa y que la violencia preventiva era una forma de defensa. La ventaja moral que había acumulado, a los ojos de muchos, a base de liderar una lucha antiterrorista sin cuartel, pero limpia, se debilitó considerablemente. El PSOE aprovechó a fondo esta oportunidad de tomar la iniciativa y liderar por un tiempo el consenso antiviolencia. Mientras tanto el PP intentaba defenderse reclamando para sí el papel de víctima inocente de una violencia orquestada, promovida o ignorada por la izquierda. La guerra, por su parte, resultó ser menos dramática, al menos frente a las cámaras, de lo que anunciaban muchos profetas del Apocalipsis. Esto permitió al PP recuperar parte del terreno perdido. Y de esta manera, entre acusaciones de ejercer la violencia (GAL o Irak), apoyar a los violentos (Bush, ETA o los manifestantes) o no rechazarlos con la suficiente contundencia (Sadam o Franco), el consenso social se fue haciendo más confuso. Todo el mundo estaba contra la violencia, toda la violencia y nada más que la violencia, pero no estaba claro contra cuál.