28 mayo 2005

Ciencia y democracia: Demystifying mentalities

He terminado recientemente un libro muy interesante sobre el origen del pensamiento científico. El título es Demystifying mentalities y el autor G.E.R. Lloyd. Se trata de una crítica al concepto de mentalidades, en particular a la idea de una mentalidad específicamente científica opuesta a una supuesta mentalidad precientífica o primitiva. El autor opina que el concepto de mentalidades se usa de forma muy ambigua y no explica realmente gran cosa. Como alternativa propone sus propias hipótesis sobre el origen y evolución del pensamiento científico en la Grecia clásica, con una breve comparación con la situación contemporánea en China. Según el autor la ciencia-filosofía griega puede entenderse como una nueva forma de conversar sobre el mundo en la cual los interlocutores deben justificar sus posturas apelando a hechos observables y principios de lógica. Los razonamientos deben ser comprensibles para una audiencia variada y con amplia experiencia previa en debates públicos. El recurso a la autoridad, la tradición o la verdad revelada es inmediatamente sospechoso. La hipótesis más interesante de esta obra es que esta forma de conversación surge como consecuencia y a imitación de los debates políticos en las democracias directas. Esto explicaría por qué la aparición de los primeros filósofos-científicos merecedores de tal nombre se produce poco después de la adopción de instituciones radicalmente democráticas por parte de algunas ciudades.

En la Atenas clásica, el ejemplo mejor conocido de democracia directa, todos los ciudadanos varones mayores de 20 años podían participar en las asambleas y, en principio, expresar su opinión libremente. La legislación era aprobada por paneles de 1000 legisladores elegidos por sorteo entre los mayores de 30 años y los juicios decididos por enormes jurados elegidos también por sorteo. Todos los varones adultos, por tanto, eran considerados igualmente capaces de juzgar por si mismos lo que era más conveniente para la ciudad o la interpretación correcta de las leyes. Es bastante razonable pensar que la práctica y la teoría democrática facilitaron enormemente la adopción y la aceptación del discurso científico-filosófico. Un ciudadano que se considera a sí mismo capacitado para opinar en cuestiones de guerra y paz estará más predispuesto a escuchar a un experto que le hable sobre el mundo en terminos comprensibles y le de razones para creerle.

Otro aspecto importante, pero que no trata este libro es el de la religión griega. No sólo carecía de autoridad central y textos sagrados, sino que además la mayoría de los sacerdotes lo eran a tiempo parcial y llevaban una vida perfectamente normal. En algunos casos eran elegidos por sorteo y en ciertas ciudades de Asia Menor los puestos de sacerdote se subastaban cada año. Aparte de los sacerdotes oficiales había además numerosos hechiceros ambulantes y adivinadores. Todo esto no podía sino reducir el prestigio y la coherencia de las explicaciones religiosas o mágicas de la realidad. Los griegos eran, en general, muy respetuosos con la religión tradicional. La autoridad de los sacerdotes, sin embargo, no se extendía más allá de las puertas del templo, a diferencia de otras culturas donde la clase sacerdotal había desarrollado una explicación más o menos completa del mundo y, con el respaldo del poder político, podía controlar los límites del discurso público.

La democracia no ofrecía simplemente un ejemplo a imitar para la ciencia. Los científicos-filósofos sintieron muy pronto la necesidad de superar el modelo de debate político, con sus trucos retóricos y apelaciones emocionales, para alcanzar una verdad incontrovertible y demostrable, basada únicamente en la deducción. En esta línea debemos entender los ataques de Platón a los Sofistas y la lógica formal de Aristóteles. Lamentablemente este modelo de investigación, cuyo ejemplo más perfecto es quizás la matemática, no es el más adecuado para campos como la medicina o la biología. En cierto sentido se puede decir que los científicos griegos tenían demasiada prisa. Es dudoso que los médicos de la Grecia clásica fueran mucho más eficaces que los curanderos o los sacerdotes. Lo que atraía a los clientes eran sus métodos aparentemente racionales, basados en la observación y en la deducción. Los sacerdotes, que apelaban al poder de los dioses para curar, y los curanderos, que apelaban al saber tradicional, no podían justificar sus métodos de forma explícita, no tenían una buena teoría. Los médicos hipocráticos, sin embargo, podían “demostrar” por ejemplo que el cuerpo está formado por sangre, flema, bilis negra y bilis amarilla en base a que las cuatro sustancias aparecen en la excreta.