31 mayo 2005

Democracia y Ciencia: Al Paraíso por la Razón

El otro día vimos cómo el origen de la ciencia en la Grecia clásica puede entenderse como una imitación y a la vez un intento de superación de las prácticas democráticas. Las influencias, sin embargo, también se dan en sentido contrario. Para los políticos, desde la antigüedad, siempre ha resultado atractivo poder basar sus decisiones en principios científicamente demostrables. Dion, uno de los discípulos de Platón, intentó establecer un gobierno científico en Siracusa, basado en las enseñanzas de su maestro, al que atrajo a Sicilia para actuar como consejero de su sobrino, el joven tirano Dionisio II.

Recurriendo a la Ciencia los políticos se pueden defender de las acusaciones de actuar en interés propio o en interés de un grupo o clase determinados. La ciencia promete una base aparentemente sólida sobre la que tomar decisiones, al contrario que las fluctuantes opiniones o las peligrosas emociones. La ciencia puede ser utilizada por conservadores o progresistas, puede servir para garantizar el éxito o incluso lo inevitable de un cambio y también puede servir para asegurar, a ciencia cierta, su fracaso.

El tipo de ciencia que se práctica hoy en día es bastante diferente al de la antigüedad. Es una ciencia mucho más tentativa, basada en la colaboración y en la acumulación gradual de conocimiento. Existe, en general, una sana alergia a las soluciones globales y los principios generales. Los problemas han de analizarse de uno en uno, después de realizar observaciones detalladas y experimentos controlados. Las teorías sólo se transforman en verdades aceptadas cuando la comunidad científica considera que todas las objeciones razonables han sido refutadas y hasta las verdades aceptadas dejan de serlo si aparecen contradicciones suficientemente importantes. Este tipo de ciencia ha producido extraordinarios resultados en muchos campos, pero es de una utilidad limitada para los políticos. Lo que estos desean son demostraciones irrefutables, al modo matemático, en vez de correlaciones y teorías provisionales.

Es posible que el éxito de la Ciencia moderna haya contribuido a debilitar los argumentos políticos no basados en la racionalidad, es decir los basados en la tradición, la autoridad o la voluntad divina. El conservadurismo parece haber perdido definitivamente su prestigio intelectual en las democracias europeas, para ser sustituido por el liberalismo como argumentación preferida por los partidos de la derecha. La oposición al matrimonio homosexual apela a estudios científicos y hasta la Iglesia usa el lenguaje de la racionalidad en vez de amenazar con el fuego eterno. Desde Europa el lenguaje de los conservadores americanos suena casi medieval.

Simultáneamente, el fracaso de las economías de planificación centralizada ha moderado el entusiasmo de la izquierda europea por los argumentos supuestamente científicos sobre el inevitable triunfo de la clase trabajadora. El resultado es que los papeles han sido parcialmente invertidos. La izquierda solía pensar que la Razón estaba de su lado y que la derecha se sostenía únicamente gracias a la superstición religiosa y la ignorancia en la que eran mantenidos los pobres. La derecha se defendía entonces apelando a la tradición y al miedo al caos. Hoy es la derecha la que considera sus posturas demostradas científicamente por la Historia y la Economía, a la vez que acusa a la izquierda por basarse en emociones como la envidia o en deseos ingenuos de un mundo mejor. La izquierda por su parte se defiende acusando a la derecha de falta de compasión.

Por otro lado, la renuncia a un modelo predefinido como destino final inevitable ha llevado a una parte de la izquierda a abrazar el pragmatismo como principio filosófico, en vez de aceptarlo como un mal menor. La Tercera Vía de Blair es quizás el mejor ejemplo. Se podría argumentar que los gobiernos sin demasiada ideología ni principios inamovibles representan la aplicación más pura de los principios de la Ciencia moderna a la política, pero no esta claro que sea eso lo que desean los electores. Muchos esperan a Moisés.

28 mayo 2005

Ciencia y democracia: Demystifying mentalities

He terminado recientemente un libro muy interesante sobre el origen del pensamiento científico. El título es Demystifying mentalities y el autor G.E.R. Lloyd. Se trata de una crítica al concepto de mentalidades, en particular a la idea de una mentalidad específicamente científica opuesta a una supuesta mentalidad precientífica o primitiva. El autor opina que el concepto de mentalidades se usa de forma muy ambigua y no explica realmente gran cosa. Como alternativa propone sus propias hipótesis sobre el origen y evolución del pensamiento científico en la Grecia clásica, con una breve comparación con la situación contemporánea en China. Según el autor la ciencia-filosofía griega puede entenderse como una nueva forma de conversar sobre el mundo en la cual los interlocutores deben justificar sus posturas apelando a hechos observables y principios de lógica. Los razonamientos deben ser comprensibles para una audiencia variada y con amplia experiencia previa en debates públicos. El recurso a la autoridad, la tradición o la verdad revelada es inmediatamente sospechoso. La hipótesis más interesante de esta obra es que esta forma de conversación surge como consecuencia y a imitación de los debates políticos en las democracias directas. Esto explicaría por qué la aparición de los primeros filósofos-científicos merecedores de tal nombre se produce poco después de la adopción de instituciones radicalmente democráticas por parte de algunas ciudades.

En la Atenas clásica, el ejemplo mejor conocido de democracia directa, todos los ciudadanos varones mayores de 20 años podían participar en las asambleas y, en principio, expresar su opinión libremente. La legislación era aprobada por paneles de 1000 legisladores elegidos por sorteo entre los mayores de 30 años y los juicios decididos por enormes jurados elegidos también por sorteo. Todos los varones adultos, por tanto, eran considerados igualmente capaces de juzgar por si mismos lo que era más conveniente para la ciudad o la interpretación correcta de las leyes. Es bastante razonable pensar que la práctica y la teoría democrática facilitaron enormemente la adopción y la aceptación del discurso científico-filosófico. Un ciudadano que se considera a sí mismo capacitado para opinar en cuestiones de guerra y paz estará más predispuesto a escuchar a un experto que le hable sobre el mundo en terminos comprensibles y le de razones para creerle.

Otro aspecto importante, pero que no trata este libro es el de la religión griega. No sólo carecía de autoridad central y textos sagrados, sino que además la mayoría de los sacerdotes lo eran a tiempo parcial y llevaban una vida perfectamente normal. En algunos casos eran elegidos por sorteo y en ciertas ciudades de Asia Menor los puestos de sacerdote se subastaban cada año. Aparte de los sacerdotes oficiales había además numerosos hechiceros ambulantes y adivinadores. Todo esto no podía sino reducir el prestigio y la coherencia de las explicaciones religiosas o mágicas de la realidad. Los griegos eran, en general, muy respetuosos con la religión tradicional. La autoridad de los sacerdotes, sin embargo, no se extendía más allá de las puertas del templo, a diferencia de otras culturas donde la clase sacerdotal había desarrollado una explicación más o menos completa del mundo y, con el respaldo del poder político, podía controlar los límites del discurso público.

La democracia no ofrecía simplemente un ejemplo a imitar para la ciencia. Los científicos-filósofos sintieron muy pronto la necesidad de superar el modelo de debate político, con sus trucos retóricos y apelaciones emocionales, para alcanzar una verdad incontrovertible y demostrable, basada únicamente en la deducción. En esta línea debemos entender los ataques de Platón a los Sofistas y la lógica formal de Aristóteles. Lamentablemente este modelo de investigación, cuyo ejemplo más perfecto es quizás la matemática, no es el más adecuado para campos como la medicina o la biología. En cierto sentido se puede decir que los científicos griegos tenían demasiada prisa. Es dudoso que los médicos de la Grecia clásica fueran mucho más eficaces que los curanderos o los sacerdotes. Lo que atraía a los clientes eran sus métodos aparentemente racionales, basados en la observación y en la deducción. Los sacerdotes, que apelaban al poder de los dioses para curar, y los curanderos, que apelaban al saber tradicional, no podían justificar sus métodos de forma explícita, no tenían una buena teoría. Los médicos hipocráticos, sin embargo, podían “demostrar” por ejemplo que el cuerpo está formado por sangre, flema, bilis negra y bilis amarilla en base a que las cuatro sustancias aparecen en la excreta.

18 mayo 2005

Historia reciente I: La política de la violencia

Como decíamos ayer el PP reforzó el consenso antiterrorista. Este proceso fue facilitado por la decisión de ETA de considerar objetivo principal a los políticos del PP y el PSOE. El asesinato de policías y militares, especialmente en los años de la guerra sucia y el ruido de sables, podía ser parcialmente comprensible para sectores de la población como respuesta a una violencia previa. Con el asesinato de políticos, y en particular de políticos sin poder real, la violencia de ETA adquirió un tinte diferente. El rechazo universal a esa violencia fue utilizado por el PP para ilegalizar a Batasuna. La ausencia de condena se convirtió en evidencia clara de complicidad. También le permitió condenar, por asociación, a partidos como el PNV, cuya condena del terrorismo no era lo suficientemente rotunda y cuyos fines tenían puntos en común con los de ETA. Una vez consolidada en gran parte de la sociedad esta forma de ver las cosas, el PP intentó avanzar un paso más y estigmatizar a la totalidad de los nacionalismos periféricos como movimientos políticamente violentos, por su voluntad de cambiar la constitución frente a la voluntad de la inmensa mayoría de los españoles. Tratar con estos partidos era ahora evidencia de complicidad en segundo grado.
El nacionalismo era “el otro” irracional y potencialmente violento, frente al “nosotros” del sentido común y el consenso (Patriotismo Constitucional). ETA pasaba a ser tan sólo la punta del iceberg de odio y rencor que amenazaba el buen rumbo de España. El rechazo hacia el nacionalismo llegó a convertirse en uno de esos consensos de los que casi nadie se atreve a discrepar. El PP logró así situar al PSOE en una complicada situación de la que éste intentó zafarse firmando, prácticamente en blanco, el pacto antiterrorista. El riesgo evidente de la estrategia del PP era que, tras quemar los puentes con el resto de los partidos, la mayoría absoluta se convertía en imprescindible. Por otra parte la ventaja que suponía liderar el consenso social parecía aún suficiente colchón, suficiente incluso para tomar medidas impopulares y evitar explicaciones y compromisos.
Gobernando por cojones el PP se fue acercando poco a poco al precipicio. Llegó entonces la guerra de Irak y mientras Tony Blair sudaba la gota gorda tratando de convencer a los británicos de la necesidad de acompañar a Bush en esa aventura, Aznar (sin despeinarse) nos explicaba que Sadam y ETA eran la misma cosa y que la violencia preventiva era una forma de defensa. La ventaja moral que había acumulado, a los ojos de muchos, a base de liderar una lucha antiterrorista sin cuartel, pero limpia, se debilitó considerablemente. El PSOE aprovechó a fondo esta oportunidad de tomar la iniciativa y liderar por un tiempo el consenso antiviolencia. Mientras tanto el PP intentaba defenderse reclamando para sí el papel de víctima inocente de una violencia orquestada, promovida o ignorada por la izquierda. La guerra, por su parte, resultó ser menos dramática, al menos frente a las cámaras, de lo que anunciaban muchos profetas del Apocalipsis. Esto permitió al PP recuperar parte del terreno perdido. Y de esta manera, entre acusaciones de ejercer la violencia (GAL o Irak), apoyar a los violentos (Bush, ETA o los manifestantes) o no rechazarlos con la suficiente contundencia (Sadam o Franco), el consenso social se fue haciendo más confuso. Todo el mundo estaba contra la violencia, toda la violencia y nada más que la violencia, pero no estaba claro contra cuál.

17 mayo 2005

Las víctimas y los violentos

En España, a pesar de lo que pueda parecer a primera vista, existe una fuerte tendencia al consenso social. Esta tendencia es particularmente evidente respecto a las situaciones de violencia. Probablemente como consecuencia de la memoria de la guerra civil (refrescada por el golpe de estado), la experiencia directa del terrorismo y el poso de la doctrina católica, es muy difícil en la España actual justificar la violencia con otro argumento que no sea la defensa frente a una violencia previa. La guerra de Irak o la situación en Palestina son casos obvios, pero este fenómeno de solidaridad con las victimas y de rechazo a la agresividad se ha extendido tanto y se ha vuelto tan dominante que se podría decir que es una de las características más definitorias de la sociedad española actual. La atención obsesiva de los medios a la violencia doméstica (ahora terrorismo doméstico) es sólo un ejemplo entre muchos. La violencia de la sociedad americana, por ejemplo, se ha convertido en una crítica mucho más eficaz que las enormes desigualdades sociales. Incluso la historia de España ha sido reinterpretada en estos términos. Así la crítica al franquismo (La lengua de las mariposas) se centra ahora en la represión de la posguerra, donde la violencia puede presentarse como gratuita y unidireccional. Simétricamente los defensores del franquismo (Pío Moa) rescatan del olvido la violencia de los años de la república. En vez de la justificación clásica de que era necesario salvar a España de una fantasmal dictadura comunista, se argumenta ahora que la violencia del franquismo era sólo una reacción (exagerada quizás, pero comprensible) a la violencia previa de las izquierdas.
El esquema de víctimas y violentos es utilizado una y otra vez por políticos y comentaristas en cualquier tipo de controversia, y no se trata ya sólo de violencia física. Las acusaciones de romper la baraja, saltarse las reglas, volver al pasado o echarse al monte son la música ambiental de nuestra democracia. Me atrevería a decir que en prácticamente todas las discusiones de asuntos sociales y políticos, incluso cuando no se produce una apelación explícita, se puede percibir la influencia de la condena social al violento. La polémica del matrimonio gay puede entenderse, por ejemplo, desde esta óptica. Los gays, en tanto que víctimas, despiertan una simpatía inmediata, lo que explica la dificultad de la derecha de articular la oposición a esta medida. Las únicas “víctimas” que pueden alegar son los niños adoptados por homosexuales. Si acaso se discute la urgencia o la falta de consenso de la iniciativa, con el fin de presentarla como una forma de violencia política. El tema de la inmigración ilegal es otro caso en que a la derecha le cuesta explicar su postura sin parecer cómplice en la explotación de los inmigrantes. A pesar de que ahora mismo pueda parecer que la izquierda es la que explota con más éxito el consenso social sobre las víctimas y la violencia, no cabe duda de que fue el Gobierno de Aznar el que fortaleció este consenso como parte de su política antiterrorista. Una vez lograda la condena general y sin paliativos de ETA, el PP usó este mismo consenso como arma contra los nacionalistas (amigos de los terroristas) o, con menos efectividad, contra los socialistas (amigos de los dictadores). Y todo iba bien hasta que Bush decidió invadir Irak.

Rajoy, el monte y el centro

Hay quien dice que el PP se ha echado al monte y que está alienando con su estrategia a los votantes de centro, pero si uno se para a analizar la situación no parece que esto sea así. Hay que tener en cuenta que el sistema político español no se lo pone fácil a la oposición. El Presidente es visto como responsable no sólo de las acciones de Gobierno, sino también de las medidas legislativas. Cuenta además con los medios públicos y los medios “amigos” para presentar estas iniciativas de la forma más atractiva posible. No es necesario contar con el principal partido de la oposición para casi nada, por lo que a éste no le quedan muchas opciones para proyectar su mensaje aparte de decir “NO” una y otra vez y lo más alto posible. Casi nadie sigue las discusiones en el parlamento por lo que a la oposición no le merece la pena preparar proyectos alternativos que no tienen ni siquiera la posibilidad de ser debatidos en profundidad. No hay prácticamente ninguna opción de atraer a diputados del partido en el Gobierno que puedan estar en desacuerdo con medidas impopulares del Presidente. Ante estas circunstancias la pregunta es: ¿Cómo se puede cortejar el voto centrista?
El voto centrista es un voto práctico, que quiere soluciones y no se siente atraído por ningún tipo de principio ideológico. Hay una cierta tendencia a pensar que el voto de centro es el que estudia con más detalle las propuestas de los partidos, pero es muy probable que esto no sea así. Entre los votantes de centro están también aquellos que no se sienten cualificados para opinar de política, los que no sienten una fuerte necesidad de que las cosas cambien o no tienen mucha esperanza de que el Gobierno pueda hacer milagros y finalmente también aquellos que no quieren bronca o prefieren ponerse del lado del ganador. Este tipo de votantes, si las cosas van más o menos bien, se va a decantar, en general, del lado del Gobierno antes que del de la oposición. Lo cierto es que la alternancia, en nuestro sistema, es extraordinariamente difícil. A menos que el director de la Guardia Civil se fugue a Laos con dinero robado a viudas y huérfanos, aparezcan misteriosos cadáveres enterrados en cal viva, se participe en una guerra con el 90% de la población en contra o se manipule una tragedia en riguroso directo, el Gobierno siempre parte con una considerable ventaja.
Una de las pocas opciones de la oposición es tratar de convencer a los centristas-indiferentes de que las cosas van muy mal. Una segunda estrategia es convencer al votante centrista de que el Gobierno actúa por principios ideológicos, en vez de por principios prácticos (o, lo que es peor aún, en respuesta a intereses particulares). Las acusaciones del PP de que el Gobierno provoca a la derecha y ataca a la Iglesia no tienen como objetivo advertir a los suyos, sino convencer a los centristas, que no sienten una fuerte oposición personal a estas medidas, de que el Gobierno actúa por revanchismo e ideología o en respuesta a un lobby. El mensaje es que el Gobierno pierde el tiempo resolviendo problemas inexistentes o creándolos donde no existen en vez de ocuparse de los problemas de verdad. En estos aspectos Rajoy no está siguiendo un guión escrito por Aznar sino limitándose a utilizar los pocos recursos que tiene para hacerse oír por los votantes de centro. Si las bases aplauden, pues mejor, pero éste es sólo un efecto secundario. Los fieles pueden quejarse, pero no van a abandonar el partido proteste mucho o poco.
El PP no tiene realmente otra alternativa que jugar con las cartas que le han tocado. No son cavernícolas, son conscientes de que no van a ganar votos siendo más generosos con Zapatero. Saben que si no se produce una crisis o un error garrafal del Gobierno van a perder y que, en el caso de que se produzca, tienen más que ganar si pueden argumentar que ellos ya nos habían avisado de que íbamos por mal camino. Las reglas del juego no dejan lugar a otra estrategia.