24 abril 2005

El ojo en la cerradura: La Iglesia y el matrimonio

El cristianismo comenzó proporcionando una justificación adicional al matrimonio, al afirmar que formaba parte del plan de Dios. Gradualmente la Iglesia intentó hacerse con el control de la institución, a la que declaró un sacramento en el siglo XII. Fue un proceso complicado, con enfrentamientos entre los poderes civiles y eclesiásticos, sobre todo a cuenta de los matrimonios forzados, tan habituales entre los nobles y que la Iglesia intentó eliminar. El paso final, sin embargo, no se produjo hasta la reforma protestante. En 1563, en parte en respuesta a decisiones anteriores de las Iglesias reformadas, el concilio de Trento ilegaliza los matrimonios privados. Hasta entonces bastaba que un hombre y una mujer se prometieran entre ellos matrimonio para que las relaciones sexuales pudieran comenzar. La boda podía esperar. A partir de ese momento, sin embargo, se hizo imprescindible la presencia de un cura y dos testigos para que el matrimonio fuera considerado legal. Es también en esta época cuando los reyes, como parte del proceso de consolidación de la monarquía y el aparato del estado, se atribuyen, de la mano de las diferentes Iglesias, amplios poderes a la hora de disciplinar la conducta sexual de sus súbditos. La epidemia de sífilis, que asola Europa desde finales del siglo XV se combina con el deseo de controlar las ideas discordantes, mucho más peligrosas ahora que la imprenta permite su rápida difusión. Se cierran burdeles, aumenta la persecución de sodomitas y, en los países católicos, se juzga con renovada severidad la violación del celibato.
No fue fácil convencer a todo el mundo de que las relaciones sexuales sólo debían tener lugar en el seno de un matrimonio oficial reconocido por la Iglesia. Las clases populares, sin mucha propiedad que transmitir, habían mantenido hasta entonces una actitud bastante relajada al respecto. Pero eso iba a cambiar y en España existía ya una institución perfectamente preparada para ese trabajo. En 1559 la Inquisición española condenó a 12 personas en Sevilla porque alguien les había escuchado decir que el sexo entre personas no casadas no era un pecado mortal. A cuatro de ellos les cayeron cien latigazos por cabeza. Y esto fue sólo el principio. En vista de lo común de esta opinión, en 1573 se decide considerar a todos los que la sostengan como herejes y al año siguiente se pide a los curas que avisen de ello en sus sermones. A pesar de todo, de 1575 a 1610 se juzgan 264 casos en el tribunal de Toledo por esta ofensa, más incluso que de judaizantes. Los detalles aquí.
A lo largo de todo este tiempo se mantiene, en comparación, una cierta tolerancia respecto a la prostitución. La Iglesia vino a aceptar que el sexo prematrimonial no podía ser completamente eliminado. Una campaña de represión directa hubiera generado una fuerte resistencia a todos los niveles de la sociedad. Las autoridades eclesiásticas hubieron de conformarse, pues, con que nadie durara públicamente de la naturaleza pecaminosa del acto.
En el rechazo actual al uso de la palabra matrimonio para las uniones homosexuales se puede observar un reflejo de esta actitud. Quemar a gente en las plazas de las principales ciudades no es ya una opción viable, pero se debe evitar que la sociedad afirme públicamente que la sodomía es perfectamente aceptable.