30 abril 2005

Complejo de Casandra

Casandra (según Esquilo) le prometió sexo a Apolo a cambio de poder ver el futuro, pero luego ella se echó atrás. El Dios, en venganza, la maldijo de manera que nadie creyese sus predicciones. Así es como se sienten muchos científicos con el tema del cambio climático. Y es comprensible. Después de pasarse años trabajando en sofisticados modelos del clima, o viajando a los lugares más inhóspitos de la Tierra para obtener datos, después de que los expertos de las universidades e institutos de más prestigio hayan llegado a un acuerdo general acerca de lo que está pasando y porqué, tras múltiples conferencias y docenas de artículos en las mejores revistas, debe ser muy frustrante pensar que el fin del mundo tal como lo conocemos está a la vuelta de la esquina y que nadie te escucha.
En cierto sentido se puede decir que las sociedades democráticas han dejado su destino, y el del mundo, en manos de los ganadores de una serie de concursos de popularidad, más preocupados por la siguiente encuesta que por los problemas que puedan surgir en 50 o 100 años. La mayoría de la gente carece de los conocimientos científicos suficientes para juzgar el problema por sí mismos. La información que reciben está filtrada por periodistas en la misma situación, más interesados en lo sorprendente que en lo importante, cuando no cargados de prejuicios ideológicos. Mientras tanto, opiniones sin apenas fundamento son propagadas por grupos interesados en minimizar la seriedad del problema. Como la mayoría de los climatólogos insiste en sus conclusiones a pesar de estas supuestas contradicciones sólo queda recurrir a la teoría conspirativa. De alguna forma los institutos climatológicos y las universidades de medio mundo han sido infiltrada por una cábala de radicales ecologistas empeñados en parar el progreso a cualquier precio. No sería sorprendente si algunos científicos se preguntasen si Platón no tendría parte de razón cuando propuso un gobierno de los expertos.