30 abril 2005

Complejo de Casandra

Casandra (según Esquilo) le prometió sexo a Apolo a cambio de poder ver el futuro, pero luego ella se echó atrás. El Dios, en venganza, la maldijo de manera que nadie creyese sus predicciones. Así es como se sienten muchos científicos con el tema del cambio climático. Y es comprensible. Después de pasarse años trabajando en sofisticados modelos del clima, o viajando a los lugares más inhóspitos de la Tierra para obtener datos, después de que los expertos de las universidades e institutos de más prestigio hayan llegado a un acuerdo general acerca de lo que está pasando y porqué, tras múltiples conferencias y docenas de artículos en las mejores revistas, debe ser muy frustrante pensar que el fin del mundo tal como lo conocemos está a la vuelta de la esquina y que nadie te escucha.
En cierto sentido se puede decir que las sociedades democráticas han dejado su destino, y el del mundo, en manos de los ganadores de una serie de concursos de popularidad, más preocupados por la siguiente encuesta que por los problemas que puedan surgir en 50 o 100 años. La mayoría de la gente carece de los conocimientos científicos suficientes para juzgar el problema por sí mismos. La información que reciben está filtrada por periodistas en la misma situación, más interesados en lo sorprendente que en lo importante, cuando no cargados de prejuicios ideológicos. Mientras tanto, opiniones sin apenas fundamento son propagadas por grupos interesados en minimizar la seriedad del problema. Como la mayoría de los climatólogos insiste en sus conclusiones a pesar de estas supuestas contradicciones sólo queda recurrir a la teoría conspirativa. De alguna forma los institutos climatológicos y las universidades de medio mundo han sido infiltrada por una cábala de radicales ecologistas empeñados en parar el progreso a cualquier precio. No sería sorprendente si algunos científicos se preguntasen si Platón no tendría parte de razón cuando propuso un gobierno de los expertos.

26 abril 2005

19-J: Las consecuencias

Con las elecciones gallegas a dos hojas de calendario es un buen momento para considerar lo que está en juego. La derecha espera que Galicia, en palabras de Fraga, sea su Covadonga. El PSOE, por su parte, confía en seguir explotando el efecto Zapatero. Parece claro que el PP ganará en votos, el PSOE quedará segundo y el BNG cerrará la lista. Los planes de batalla también están ya decididos. El PSOE jugará al voto útil. Teniendo en cuenta que Galicia recibe más de lo que contribuye, siempre es bueno llevarse bien con los de arriba. El PP utilizó esa misma estrategia en las últimas elecciones autonómicas y, particularmente, en las generales. Ahora tendrá que cambiar de táctica. El plan es levantar a las masas, convencer a la gente de que hay que dar un puñetazo en la mesa para que te escuchen. Pero a lo que íbamos: las consecuencias. Para empezar consideremos lo que está en juego al nivel del Estado. Digamos que gana el PP. Durante uno o dos meses les subirá el ánimo a los suyos, particularmente teniendo en cuenta que, ahora mismo, las encuestas no son muy optimistas. La Xunta, con su control de los medios de comunicación regionales, les asegurará además unos votos que les van a hacer mucha falta en las próximas generales. El PSOE, mientras tanto, podrá consolarse con la idea de que ha subido en votos y escaños a costa del Bloque. Además podrá seguir utilizando las salidas de tono de Fraga para movilizar a la izquierda y avergonzar a parte de la derecha.
Mucho más interesante, y a día de hoy más probable, es que el PP no revalide la absoluta. El liderazgo de Rajoy dentro del partido se tambalearía con una nueva derrota, esta vez en campo propio. A pesar de ello es difícil de creer que, como dicen por aquí, vayan a cambiar de caballo en medio del río. Es probable que, internamente, le echen parte de la culpa a Fraga y aprovechen la derrota impulsar una renovación del partido, que quizás no se limite a Galicia. Simultáneamente la coalición del PSOE con otro partido nacionalista radical les daría munición renovada para atacar al gobierno por desmembrar de la Patria. La prensa de derechas nos descubrirá el lado más salvaje del nacionalismo gallego. Cuando se produzcan incidentes, en plan manifestaciones antiespañolas o similares, estos serán portada en Madrid y los grupos radicales, que los hay, se darán cuenta de su nuevo poder. Es posible que Quintana o Paco Rodriguez se transformen en los Carod del momento. No va a ser, en cualquier caso, una coalición fácil. Una parte del BNG cree que el PSOE no es mucho mejor que el PP y, aunque el partido entrará en el gobierno, antes o después tratarán de marcar las diferencias con declaraciones altisonantes. Seguramente se establezca una comisión para la renovación del Estatuto en el parlamento gallego. Se producirán también tensiones en el PSOE regional, una parte del cual (Paco Vazquez el primero) no le tiene ningún cariño a los nacionalistas, y es posible incluso que el PP se ofrezca a echarle una mano a Touriño en el parlamento, para evitar el chantaje de los radicales. Simultáneamente todo el mundo tendrá un ojo puesto en lo que este pasando en Cataluña y el País Vasco. Y con esto se apaga la bola de cristal por hoy.

24 abril 2005

No hay marcha atrás

A lo que parece, el matrimonio no ha perdido su prestigio, contrariamente a lo que algunos llegaron a pensar durante la revolución sexual de hace unas décadas. A pesar del divorcio que se ha producido entre la sexualidad y la reproducción, la monogamia socialmente reconocida y reforzada ha mantenido su atractivo para mucha gente. El matrimonio comenzó, según algunos, como una forma de garantizar la transmisión de la propiedad del padre a sus auténticos descendientes biológicos. Más tarde pasó a ser también una muestra de autocontrol y disciplina, del dominio de la sexualidad animal por la razón. Una garantía para la reproducción regulada de la sociedad. Últimamente, sin embargo, para muchos se ha convertido sobre todo en un abrigo, a la vez real y psicológico, frente a la amenaza de la soledad. Un símbolo de compromiso mutuo, realizado ante testigos, con un cierto prestigio social, y cuya ruptura acarrea consecuencias legales. Es en la tensión entre estas dos últimas concepciones del matrimonio heterosexual donde se sitúa ahora mismo el debate sobre la conveniencia o no de permitir el matrimonio homosexual. Desde un punto de vista tradicional la homosexualidad es una de las expresiones más claras del hedonismo. Para empezar reniega de toda pretensión de finalidad reproductiva y su único objetivo es el placer. La monogamia homosexual es, por tanto, moralmente equivalente a la poligamia homosexual y no merece de ningún reconocimiento especial. Es por ello que el matrimonio entre homosexuales desvirtúa el valor de la institución para los que sostienen este punto de vista y es comprensible que se resistan a ello. Para los que sostienen una concepción del matrimonio centrada en el compromiso de la pareja, la aceptación de esta nueva posibilidad es obviamente mucho más fácil, incluso en el caso de que la homosexualidad como tal no cuente con su total aprobación.
La realidad del matrimonio homosexual obligará, a aquellos que sostienen una concepción tradicional del matrimonio, a revisar sus ideas sobre la homosexualidad y/o el propio concepto de matrimonio civil o a reconocer que están en contradicción con las ideas de la mayoría de la sociedad, especialmente cuando comprueben lo limitado de la oposición social a esta medida. Alguien dijo que la tolerancia suele proceder del hábito más que de la comprensión y parece claro que, tras la primera docena de bodas, la mayoría de la gente aceptará la situación como normal. Si bien es cierto que no existe ahora mismo la percepción de una necesidad urgente de redefinir el concepto de matrimonio, también lo es que, una vez hecha esta redefinición, va a ser muy complicado justificar una nueva modificación, incluso en el caso de que la mayoría política cambie dentro de tres años. A lo sumo, se podrá restringir el derecho de adopción de parejas homosexuales, pero el matrimonio homosexual en sí es un hecho probablemente irreversible. ¿Qué problema se podrá aducir para redefinir legalmente la situación de parejas estables ya reconocidas, con nombres y apellidos y rostros familiares? ¿Qué demanda social se podrá argumentar para introducir una diferencia de tratamiento en la legislación?

El ojo en la cerradura: La Iglesia y el matrimonio

El cristianismo comenzó proporcionando una justificación adicional al matrimonio, al afirmar que formaba parte del plan de Dios. Gradualmente la Iglesia intentó hacerse con el control de la institución, a la que declaró un sacramento en el siglo XII. Fue un proceso complicado, con enfrentamientos entre los poderes civiles y eclesiásticos, sobre todo a cuenta de los matrimonios forzados, tan habituales entre los nobles y que la Iglesia intentó eliminar. El paso final, sin embargo, no se produjo hasta la reforma protestante. En 1563, en parte en respuesta a decisiones anteriores de las Iglesias reformadas, el concilio de Trento ilegaliza los matrimonios privados. Hasta entonces bastaba que un hombre y una mujer se prometieran entre ellos matrimonio para que las relaciones sexuales pudieran comenzar. La boda podía esperar. A partir de ese momento, sin embargo, se hizo imprescindible la presencia de un cura y dos testigos para que el matrimonio fuera considerado legal. Es también en esta época cuando los reyes, como parte del proceso de consolidación de la monarquía y el aparato del estado, se atribuyen, de la mano de las diferentes Iglesias, amplios poderes a la hora de disciplinar la conducta sexual de sus súbditos. La epidemia de sífilis, que asola Europa desde finales del siglo XV se combina con el deseo de controlar las ideas discordantes, mucho más peligrosas ahora que la imprenta permite su rápida difusión. Se cierran burdeles, aumenta la persecución de sodomitas y, en los países católicos, se juzga con renovada severidad la violación del celibato.
No fue fácil convencer a todo el mundo de que las relaciones sexuales sólo debían tener lugar en el seno de un matrimonio oficial reconocido por la Iglesia. Las clases populares, sin mucha propiedad que transmitir, habían mantenido hasta entonces una actitud bastante relajada al respecto. Pero eso iba a cambiar y en España existía ya una institución perfectamente preparada para ese trabajo. En 1559 la Inquisición española condenó a 12 personas en Sevilla porque alguien les había escuchado decir que el sexo entre personas no casadas no era un pecado mortal. A cuatro de ellos les cayeron cien latigazos por cabeza. Y esto fue sólo el principio. En vista de lo común de esta opinión, en 1573 se decide considerar a todos los que la sostengan como herejes y al año siguiente se pide a los curas que avisen de ello en sus sermones. A pesar de todo, de 1575 a 1610 se juzgan 264 casos en el tribunal de Toledo por esta ofensa, más incluso que de judaizantes. Los detalles aquí.
A lo largo de todo este tiempo se mantiene, en comparación, una cierta tolerancia respecto a la prostitución. La Iglesia vino a aceptar que el sexo prematrimonial no podía ser completamente eliminado. Una campaña de represión directa hubiera generado una fuerte resistencia a todos los niveles de la sociedad. Las autoridades eclesiásticas hubieron de conformarse, pues, con que nadie durara públicamente de la naturaleza pecaminosa del acto.
En el rechazo actual al uso de la palabra matrimonio para las uniones homosexuales se puede observar un reflejo de esta actitud. Quemar a gente en las plazas de las principales ciudades no es ya una opción viable, pero se debe evitar que la sociedad afirme públicamente que la sodomía es perfectamente aceptable.

22 abril 2005

Ratzinger dixit

Sidney Blumenthal, un antiguo asesor de Clinton, acusa a Ratzinger de dar el empujón definitivo para la victoria de Bush en las elecciones del año pasado. Es un artículo muy partidista, pero tiene algo de razón. Se basa en este memorando que envió Ratzinger, como Prefecto para la Congregación de la Doctrina de la Fe, al cardenal de Washington. Kerry, católico practicante, se oponía públicamente a penalizar el aborto, a la vez que hacía gala de su fe. Ratzinger dice:

“En el caso de una ley intrínsecamente injusta, como una ley que permite el aborto o a eutanasia, nunca es lícito por tanto obedecerla, o ‘participar en una campaña de propaganda a favor de tal ley o votar por ella’” (n. 73). Los cristianos tienen “una grave obligación de conciencia de no cooperar formalmente en prácticas que, aún permitidas por la legislación civil, son contrarias a la ley de Dios. En efecto, desde el punto de vista moral, nunca es lícito cooperar formalmente con el mal […] Tal cooperación nunca puede ser justificada invocando el respeto a la libertad de otros o apelando al hecho de que la ley civil lo permite o lo requiere” (n. 74).


No todos los asuntos morales tienen el mismo peso moral que el aborto y la eutanasia. Por ejemplo, si un católico discrepara con el Santo Padre sobre la aplicación de la pena de muerte o en la decisión de hacer la guerra, éste no sería considerado por esta razón indigno de presentarse a recibir la Sagrada Comunión. Aunque la Iglesia exhorta a las autoridades civiles a buscar la paz, y no la guerra, y a ejercer discreción y misericordia al castigar a criminales, aún sería lícito tomar las armas para repeler a un agresor o recurrir a la pena capital. Puede haber una legítima diversidad de opinión entre católicos respecto de ir a la guerra y aplicar la pena de muerte, pero no, sin embargo, respecto del aborto y la eutanasia.


Un católico sería culpable de cooperación formal en el mal, y tan indigno para presentarse a la Sagrada Comunión, si deliberadamente votara a favor de un candidato precisamente por la postura permisiva del candidato respecto del aborto y/o la eutanasia. Cuando un católico no comparte la posición a favor del aborto o la eutanasia de un candidato por otras razones, esto es considerado una cooperación material remota, la cual puede ser permitida ante la presencia de razones proporcionales.

Los obispos de EEUU adoptaron finalmente una postura oficial mucho más suave. El memorando se hizo público poco después, en Julio de 2004, mediante una filtración a L'Expresso. Se creó un pequeño escándalo en los medios sobre si a Kerry se le negaría la comunión. Es posible que esa discusión, que también se reabrió en el seno del catolicismo, tuviera un efecto en el voto católico a Bush que pasó de un 46% en 2000 a un 52% en 2004.

La cuestión es si ahora que tiene las llaves de San Pedro se dedicará a apretarles las clavijas a los políticos católicos.