01 noviembre 2005

Gripe pandémica: Cómo crear un monstruo.

Dada la importancia de las proteínas de superficie en la eficacia de la respuesta inmune, resulta útil clasificar a los virus de la gripe en función del subtipo de hemaglutinina (H) y neuraminidasa (N) que producen. La gripe de 1918, por ejemplo, era del subtipo H1N1, lo que significa que presentaba en su superficie el subtipo 1de hemaglutinina y el subtipo 1 de neuraminidasa. La gripe habitual en humanos por esas fechas era posiblemente del subtipo H3. En cualquier caso, cuando comenzó la pandemia de 1918, probablemente ninguna persona viva había tenido jamás contacto con un virus del subtipo H1. Una de las razones por las que murió tanta gente es que sus sistemas inmunitarios no fueron capaces de desarrollar a tiempo anticuerpos contra el nuevo virus. El nuevo virus se extendió por todo el globo con tanta eficacia que causó la extinción de todos los virus de la gripe humana de tipo A que circulaban hasta la pandemia. De hecho, en unos pocos años prácticamente toda la población del planeta se vio expuesta al virus pandémico. Las personas que desarrollaron anticuerpos a tiempo sobrevivieron y su sistema inmunitario produjo células de memoria que les permitieron enfrentarse con mucha mayor eficacia a las siguientes epidemias de gripe, causadas por nuevas variantes del virus de 1918.

A base de cambiar constantemente los detalles de sus proteínas de superficie, los descendientes directos del virus de 1918 se mantuvieron circulando en la población humana, en forma de gripe corriente, hasta que en 1957 comenzó la siguiente pandemia. El nuevo virus era del subtipo H2N2. Parte de este virus, incluyendo los genes de la hemaglutinina y la neuraminidasa, provenía de un virus aviar, pero el resto de genes eran los de los virus H1N1 humanos que andaban en circulación por entonces. Esta mezcla de genes es lo que se conoce como recombinación y puede ocurrir cuando un virus humano y uno aviar infectan la misma célula. Como el genoma del virus está formado por 8 fragmentos independientes, es fácil que se formen, durante el ensamblado, partículas víricas que contengan una mezcla de fragmentos procedentes del virus aviar con otros procedentes del humano. En el caso del virus de 1957, 3 de sus fragmentos de genoma eran aviares y los otros 5 humanos. El nuevo virus, al cambiar sus dos proteínas de superficie, era irreconocible para los anticuerpos producidos frente a los virus H1N1. Por otro lado, los genes que heredó del virus de la gripe humana probablemente lo hicieran más eficaz que su antepasado aviar a la hora de multiplicarse en el interior de células humanas. En cualquier caso, tras la nueva pandemia, los virus H1N1 desaparecieron de la circulación en poco tiempo.

Un proceso similar dio lugar al virus que causó la pandemia de 1968. El nuevo virus apareció por recombinación de un virus H2N2 humano con un virus aviar de subtipo H3. El nuevo virus, de subtipo H3N2, sólo heredó un par de fragmentos del virus aviar y mantuvo la misma neuraminidasa de los virus H2N2, pero el cambio en la hemaglutinina fue suficiente para causar una nueva pandemia. Un detalle interesante es que esta pandemia afectó relativamente poco a las personas mayores de 75 años. La explicación más probable es que la mayoría de ellos había sufrido una infección por parte de un virus de subtipo H3, durante la pandemia de 1889-1891 o en años posteriores. Por esta razón todavía conservaban células de memoria preparadas para producir anticuerpos contra este subtipo de hemaglutinina.

En 1977 reapareció de nuevo en humanos el subtipo H1N1, posiblemente porque alguien se contaminó con una muestra de virus congelada desde los años 50. El nuevo virus no provocó una pandemia porque un gran parte de la población aún conservaba anticuerpos contra este subtipo. Hoy en día la gripe corriente es causada por virus H1N1 descendientes del de 1977 (que a su vez desciende del de 1918) o H3N2 descendientes del de 1968. También existen algunas cepas de tipo H1N2 producidas por recombinación de los dos anteriores.

La recombinación de virus aviares y humanos, como las que ocurrieron en 1957 y en 1968, podría verse facilitada por la presencia de cerdos en contacto con aves y personas. La transmisión directa de virus entre aves y humanos es muy infrecuente. Los cerdos, sin embargo, pueden ser infectados tanto por virus de gripe aviar como por virus humanos, facilitando así la mezcla de sus genes. Las dos pandemias recientes, además, parecen haber tenido su origen en el sureste asiático. En esta región la convivencia en proximidad de personas, cerdos y patos domésticos, aporta todos los ingredientes necesarios.

Los patos y gansos salvajes son portadores de virus de la gripe con 14 de los 16 tipos distintos de hemaglutinina conocidos (H13 y H16 sólo se han observado en aves marinas). En estos animales la gripe afecta normalmente al aparato digestivo y no suele dar síntomas. El virus es expulsado con las heces y se mantiene viable en el agua de los estanques hasta que es ingerido por otra ave. Si los patos domésticos comparten estanques con aves salvajes la transmisión de virus de la gripe en ambas direcciones es inevitable.

La transmisión directa de virus de aves a humanos se comprobó por primera vez en 1997, cuando un virus aviar de subtipo H5N1 infectó a 18 personas en Hong Kong, causando la muerte a 6. En Holanda, en 2003, un virus de subtipo H7N7 infectó a 86 personas, causando una muerte. Transmisiones a menor escala se comprobaron también en Canadá (H7N3), USA (H7N2) y de nuevo Hong Kong (H9N2). En cuanto a la nueva cepa de subtipo H5N1 que circula aún entre las aves de granja, desde que apareció en el sureste asiático en 2003 ha infectado al menos a 121 personas, 62 de las cuales fallecieron. Es probable que este tipo de transmisión de aves a humanos se haya estado produciendo a baja frecuencia desde que el hombre convive con aves domésticas, en la mayoría de los casos sin causar apenas víctimas y sin que el virus adquiriese la capacidad de transmitirse de persona a persona. Por otra parte, la transmisión directa de un virus aviar a humanos podría ser la causa de la pandemia de 1918. En este caso no hay evidencia de recombinación y el genoma del virus, por el contrario, sugiere que se adaptó a replicarse y a transmitirse entre personas a base de mutaciones puntuales, sin adquirir ningún fragmento de virus humanos anteriores. La transmisión directa de un virus aviar a personas también podría, en teoría, dar lugar a una recombinación con un virus de la gripe humana, sin la necesidad de un cerdo como intermediario.

Hasta hoy, sólo se ha observado la transmisión efectiva entre humanos de virus de la gripe con hemaglutininas de los subtipos H1, H2 y H3. Es probable además que virus de subtipo H3 hayan saltado dos veces de aves a humanos en el pasado reciente, en 1889 y en 1968. Este hecho sugiere que es posible sólo unos pocos subtipos de hemaglutinina puedan mutar a formas que permitan la infección eficaz de células humanas. En la versión más optimista de esta hipótesis sólo deberíamos preocuparnos por la posible aparición de un nuevo virus de subtipo H2, dado que aún circulan entre nosotros los otros dos subtipos que sabemos que pueden causar pandemias.

La posibilidad de que sólo tres subtipos de virus puedan transmitirse eficazmente entre humanos podría explicar la aparente regularidad de las pandemias. La pandemia de 1968, causada por un virus H3, por ejemplo, probablemente no hubiera podido ocurrir en los años 40, porque un porcentaje considerable de la población todavía conservaba la inmunidad frente a virus H3 adquirida durante las epidemias de gripe anteriores a 1918. Para el virus, la necesidad de un gran número de víctimas sin defensas puede ser particularmente importante en las fases iniciales de una pandemia, cuando aún no se ha adaptado a transmitirse eficazmente entre humanos. Según esta hipótesis, el ritmo de pandemias vendría determinado más por la duración de la vida humana que por la dificultad para el virus de la gripe en saltar de aves a humanos. Por supuesto, el que haya algunos subtipos de virus que pasen fácilmente de aves a humanos y sean responsable de la mayoría de las pandemias históricas, no significa que no haya otros subtipos que puedan saltar la barrera entre especies con mucha menor frecuencia.

La hemaglutinina, en cada generación de virus, ha de ser capaz de reconocer eficazmente el ácido siálico, para que el virus pueda seguir reproduciéndose. Esto limita considerablemente las rutas evolutivas que son posibles a base de pequeños cambios. Puede que la hemaglutinina H5 de los virus aviares, por ejemplo, no pueda alcanzar una conformación que permita al virus transmitirse entre humanos sin pasar antes por un estado intermedio en el que la proteína no es funcional. Cuanto más grande sea el cambio necesario en una sola generación, más improbable es que éste llegue a producirse. El cambio, además, ha de producirse en un virus que ya esté infectando a seres humanos. Si por una mutación, una célula de un pato o una gallina produjese virus de la gripe capaces de transmitirse entre humanos, éstos se extinguirían rápidamente por competición con otros virus, dado que los virus que se transmiten bien entre humanos no son nada eficaces en aves. En una persona, sin embargo, cada pequeño cambio que modifique al virus haciéndolo un poco más efectivo, tiene como consecuencia que esa variante se reproduzca más rápido, lo que facilita la aparición de nuevos cambios que mejoren un poco más la adaptación.

Las infecciones directas de humanos con virus de gripe aviar, como las que se han observado recientemente, han sido todas de duración muy corta, ya acabaran en la curación o en la muerte de la víctima. Esto limita considerablemente las posibilidades de evolución del virus antes de extinguirse. Por el contrario, si un virus con una nueva hemaglutinina, ya sea aviar o recombinante humano-aviar, pudiera transmitirse entre humanos, aún de forma ineficaz, la situación cambiaría completamente, porque se multiplicaría el número de generaciones durante las que el virus puede producir variaciones de sí mismo, aumentando enormemente la probabilidad de que aparezca una variante capaz de causar una pandemia.

27 octubre 2005

Gripe pandémica: Introducción.

La historia nos dice que cada cierto número de años aparece una cepa de gripe humana que afecta a un mayor número de personas de lo habitual y causa infecciones más graves. La nueva cepa se extiende rápidamente por el planeta entero, causando un número de muertes mucho mayor que el de la gripe típica. A esta clase de gripe se la denomina gripe pandémica y suele durar como mucho unos pocos años. Los virus que causan la gripe pandémica no desaparecen, pero tras la primera ola, la mortalidad se reduce y el nuevo virus ya sólo causa gripe corriente. De hecho, todos los virus de la gripe humana corriente de tipo A que conocemos son descendientes de virus que causaron pandemias en el pasado.

Las dos últimas pandemias de gripe, en 1957 y 1968, son las que comprendemos mejor. El número de muertos que causó cada una de ellas es difícil de cuantificar con precisión, pero podemos tomar la cifra de 1 millón como aproximación aceptable. La mayoría de las victimas, en ambos casos, fueron personas mayores, con el sistema inmunitario debilitado, como ocurre con la gripe corriente. La anterior pandemia, en 1918, fue muchísimo peor. Es posible que causara la muerte de 50 millones de personas, muchas de ellas adultos sanos, de entre 15 y 35 años. La posibilidad de que algo similar se repita es la razón de que se haya invertido un considerable esfuerzo científico en comprender mejor esta pandemia. Recientemente se ha podido reconstruir el virus responsable a partir de cadáveres congelados en Alaska y muestras de tejido conservadas en parafina. Antes de la de 1918, hubo pandemias en 1889-91, 1830-33, 1781-82 y 1729-33, pero no sabemos prácticamente nada de los virus que las causaron. La estadística dice que es sólo cuestión de tiempo que vuelva a ocurrir. Una nueva pandemia como las de 1957 y 1968, aunque grave, no sería catastrófica. El verdadero problema lo causaría una pandemia como la de 1918. Teniendo en cuenta lo que sabemos del virus de la gripe, en teoría es posible una pandemia aún más agresiva.

Los virus de la gripe que afectan a humanos son de tres tipos: A, B y C. Los virus de tipo A son los responsables de las pandemias y también afectan a aves, cerdos, caballos y algunos otros mamíferos. Es probable que todos los virus de tipo A sean descendientes de los que causan la gripe en aves acuáticas. Por lo que sabemos hasta ahora, todos los que han afectado a humanos desde 1918 son descendientes, directos o indirectos, de virus de gripe aviar. Lo mismo es probable para los que afectaron a nuestros antepasados antes de esa fecha. Los virus de tipo B y C, que afectan fundamentalmente a humanos, posiblemente también procedan en último término de virus de tipo A aviares, pero llevan ya mucho tiempo entre nosotros. Se han adaptado a nuestro organismo y nosotros a ellos. Ya no pueden recombinar con virus de tipo A y no parece posible que causen una pandemia. La causa de las pandemias es precisamente el hecho de que compartamos virus de tipo A con aves y cerdos, lo que permite que virus con los que nunca hemos estado en contacto nos infecten y se transmitan entre nosotros.

El virus de la gripe está rodeado de una membrana de lípidos. De esta membrana sobresalen un par de proteínas fundamentales para el éxito del virus. La primera de ellas, la hemaglutinina, actúa como una ventosa que reconoce y se adhiere a un tipo de azúcar particular (ácido siálico). El ácido siálico está presente en la superficie de las células a las que ataca el virus. Las características de la hemaglutinina determinan en parte a que especies y a que tejidos puede infectar el virus, ya que los azucares a los que se adhiere varían entre especies y entre tipos de células. Distintas hemaglutininas se adhieren con mayor o menor efectividad a tipos de azúcares ligeramente diferentes. De ahí que la transferencia de virus de la gripe entre aves y humanos sea tan infrecuente. La segunda proteína de superficie es la neuraminidasa, capaz de cortar el ácido siálico y liberar al virus recién producido de la superficie de la célula infectada. La neuraminidasa también elimina el ácido siálico presente en la membrana del virus y así evita que los nuevos virus acaben pegados unos a otros.

Una vez que el virus se adhiere a una célula sana es ingerido por ésta y aislado en una vesícula de digestión. La acidez de este compartimento, sin embargo, provoca un cambio en el virus. El resultado es que la membrana que lo rodea se fusiona con la de la vesícula y el contenido del virus queda libre en el interior de la célula. Lo que contiene el virus son partículas denominadas nucleocápsidas, que son transportadas al interior del núcleo donde toman el control de la producción de proteínas. Cada nucleocápsida contiene una de las 8 moléculas de ARN que forman el genoma del virus, y lleva incorporada su propia polimerasa, capaz de copiar el ARN negativo del genoma en ARN mensajero positivo. Este ARN es exportado a las fábricas de proteínas de la célula, los ribosomas, donde sirve como guía para fabricar las proteínas del virus (polimerasa, neuraminidasa, hemaglutinina y otras seis más en el caso de la gripe de tipo A). Mientras tanto el ARN propio de la célula es destruido.

Cuando las proteínas víricas empiezan a acumularse, la polimerasa del virus cambia de actividad. En esta segunda fase copia el ARN negativo del genoma en un tipo diferente de ARN positivo, que no sirve para producir proteínas, sino que a su vez es copiado de nuevo para producir más ARN negativo. Este ARN negativo, que constituye el genoma de los nuevos virus, se une a la propia polimerasa y a una proteina estructural del virus formando las nucleocápsidas. Por su parte, la neuraminidasa y la hemaglutinina son exportadas a la membrana exterior de la célula, donde se acumulan en grandes cantidades. El paso final consiste en el empaquetamiento de las nucleocápsidas en una nueva partícula vírica que emerge del interior de la célula como si fuera una gota de líquido, llevándose de paso un trozo de membrana saturado de neuraminidasa y hemaglutinina. El nuevo virus queda así listo para infectar una nueva célula.

Un detalle importante de la replicación del virus es que la hemaglutinina, para adoptar la configuración en la que es activa, necesita primero ser cortada en dos de una forma precisa. En la mayoría de los casos este corte es realizado por una enzima de la víctima, una proteasa extracelular que sólo está presente en unos pocos tejidos. Una de las razones por las que ciertas cepas de virus de la gripe aviar son particularmente letales es que su hemaglutinina puede ser cortada por proteasas presentes en la mayoría de las células, lo que le permite reproducirse en distintos órganos.

La hemaglutinina es también importante porque representa el principal punto débil del virus en su combate con el organismo infectado. La gripe, a diferencia de otros virus, no puede permanecer durmiente en el interior celular. Necesita moverse constantemente de célula a célula. Al hacerlo el virus queda expuesto al ataque del sistema inmune. El arma más eficaz frente al virus de la gripe es la producción de anticuerpos capaces de reconocer las proteínas de superficie del virus, la hemaglutinina y, en menor medida, la neuraminidasa. Los anticuerpos son proteínas producidas por los leucocitos. Se unen a moléculas extrañas para el organismo y las inactivan o las señalan para que sean atacadas por otras células del sistema inmune. El sistema inmune puede producir una enorme variedad de anticuerpos, pero cada leucocito sólo produce un solo tipo. Por esta razón, puede pasar bastante tiempo hasta que un nuevo virus entre en contacto con un leucocito productor de anticuerpos capaces de reconocerlo. Una vez que esto ocurre, sin embargo, el leucocito puede multiplicarse rápidamente, aumentando la producción del anticuerpo hasta liquidar al virus. La efectividad del anticuerpo, además, puede ser mejorada mediante hipermutación, un proceso en el que se generan numerosas variantes de un anticuerpo efectivo y se seleccionan las mejores. Aún más importante es que una parte de los nuevos leucocitos producidos durante la respuesta a la infección son reservados en forma de células de memoria, con lo que se reduce considerablemente el tiempo de respuesta si el virus vuelve a atacar.

En el caso de los virus de la gripe humana de tipo A, es prácticamente imposible que el mismo virus sea capaz de volver a infectar con éxito a alguien que haya sufrido anteriormente su ataque. La razón por la que la gripe de tipo A sobrevive año tras año es que el virus es capaz de evolucionar a gran velocidad. La polimerasa de ARN comete errores con considerable frecuencia al copiar el genoma. La mayoría de estos errores producen virus defectuosos. En algunos casos, sin embargo, los errores tienen como resultado que las proteínas de superficie producidas a partir del nuevo genoma son ligeramente distintas, sin dejar por ello de ser funcionales. Si este nuevo virus infecta a alguien que haya estado en contacto con el viejo, los anticuerpos producidos a partir de las células de memoria sólo funcionaran a medias. Mientras el sistema inmune encuentra unos mejores, el virus tiene tiempo suficiente de reproducirse y ser emitido al ambiente. Año tras año nuevas cepas del virus sustituyen a las ya conocidas, pero mientras los cambio sean pequeños, la mayoría de las víctimas del virus serán capaces de eliminarlo antes de que cause muchos daños.

Por desgracia, entre los virus de la gripe de tipo A que afectan a las aves se han identificado 16 subtipos muy diferentes de hemaglutinina y 9 de neuraminidasa. Los anticuerpos que reconocen la hemaglutinina de un subtipo particular no tienen ningún efecto frente a la de un subtipo distinto. La teoría actual es que las pandemias de gripe humana se producen cuando un virus con un subtipo de hemaglutinina al que la mayoría de la población nunca ha estado expuesta comienza a transmitirse entre humanos. En el próximo capítulo veremos cómo puede ocurrir esto.

03 octubre 2005

La nación, una idea poderosa.

Pensaba escribir hoy sobre otro tema, pero creo que este un asunto importante sobre el que merece la pena reflexionar un rato. Comencemos por definir los términos del debate. La nación, en mi opinión, puede entenderse como una comunidad de individuos que creen compartir, por encima de sus intereses individuales, unos intereses comunes que son diferentes a los de otras naciones. Es importante darse cuenta de que los intereses comunes de una nación no son concebidos por sus miembros simplemente como la suma de sus intereses individuales. Una nación no es grupo de presión. La nación es imaginada como una entidad hasta cierto punto independiente de sus componentes. Los miembros de una nación han de estar dispuestos a sacrificar sus intereses particulares en aras del bien de la misma. En tiempo de guerra la defensa de la nación está por encima incluso de la vida de los individuos que la componen, que pueden ser forzados a alistarse y a combatir. Una característica esencial de las naciones es que el sacrificio individual que exigen no se basa en la lealtad personal al líder. Una nación no es un dominio feudal. La nación se imagina a sí misma como un continuo que se extiende hacia atrás en el tiempo, generación tras generación. La nación existe por encima de sus líderes momentáneos, que son imaginados como servidores de la patria. La nación es pues una entidad donde todos los que creen en ella son esencialmente iguales, insignificantemente iguales. Una nación, finalmente, no se basa en el conocimiento personal entre los miembros de una comunidad. La nación no es una ciudad-estado. La nación generalmente se define a partir de una esfera cultural preexistente, pero para que una esfera cultural se convierta en nación hace falta que se cree un espacio público de diálogo. Es necesario que cada miembro de la nación imagine que toda esa otra gente a la que no conoce y con los que nunca ha hablado, pero que comparten sus costumbres culinarias tienen, en el fondo, los mismos intereses que él. La nación es pues una creación cultural en el sentido de que sólo tiene eficacia, como los tabúes o el dinero, porque existe una comunidad de personas que creen en ella.

Las naciones, entendidas según la definición anterior, son un fenómeno histórico que surge en primer lugar en Europa y en Norteamérica, como resultado de un proceso que comienza a finales del siglo XVIII pero no alcanza su forma madura hasta bien entrado el XIX. La aparición de naciones, o su “descubrimiento”, ocurre como parte de un proceso mucho más complejo de reconstrucción de las bases ideológicas sobre las que se sustentan los estados, entendidos estos como unidades administrativas y territoriales mutuamente excluyentes. Los estados habían estado hasta entonces dirigidos por una élite que no pretendía representar otros intereses que los suyos propios, o si acaso los de la religión verdadera, y que esperaba la obediencia de sus súbditos como algo natural. La imprenta, la alfabetización progresiva, y más adelante el desarrollo de la prensa son responsables de la creación en Europa de esferas culturales que se van haciendo progresivamente más nítidas y más uniformes interiormente. La nación puede, por primera vez, imaginarse a sí misma. Simultáneamente la producción de armas de fuego baratas y fáciles de manejar es uno de los avances en la tecnología militar que, junto a los crecientes excedentes agrícolas, hacen posible y por tanto necesaria la movilización de una proporción cada vez mayor de la población en tiempos de guerra. La guerra entre estados se convierte en un esfuerzo colectivo que requiere la colaboración activa de todos los habitantes del territorio. Por otra parte, el crecimiento de las grandes urbes, y en particular las capitales, con sus desfiles militares y otros espectáculos públicos del poder, hacen visible la existencia de un pueblo al que los gobernantes o los que desean alcanzar el poder pueden ahora apelar directamente. Las masas, convocada por la prensa oficial o alternativa, se convierten en un instrumento de fuerza al que se utiliza para atacar a la oposición interna. Bien sea en forma de revolución o contrarrevolución o mediante la amenaza de violencia que representan las demostraciones multitudinarias, la gente corriente descubre el poder que le da el ser muchos. El apoyo de las masas, explícito o asumido se convierte rápidamente en la nueva fuente de legitimidad, por encima de los derechos hereditarios o la posesión de conocimientos especializados. El interés de la nación se convierte en el bien último. El sistema que termina imponiéndose como forma de gobernar las naciones es la democracia universal y representativa, que se consolida rápidamente en los países más prósperos. En estados periféricos, amenazados o en dificultades económicas, surge como solución al atraso la peligrosa fantasía de una nación perfectamente homogénea y unida en un esfuerzo colectivo. Esta forma de hiper-nacionalismo termina en pesadilla más de una vez.

Próximo capítulo: la nación como problema.

21 septiembre 2005

De Constituciones I: El poder de los jueces.

Aparte de los aspectos simbólicos, de definición de una identidad colectiva, las constituciones, a efectos prácticos, pueden definirse como leyes que requieren una super-mayoría para ser alteradas. Estas leyes son de dos tipos. En primer lugar las constituciones suelen incluir, con mayor o menor detalle, las reglas del juego democrático, es decir, el mecanismo mediante el cual eso que llamamos “la voluntad ciudadana” se convierte en decisiones prácticas, ya sea a nivel de acciones de gobierno o a nivel de acciones judiciales. Las constituciones suelen incluir además leyes que ponen límites, en nombre del respeto a las minorías, al poder que puede ejercer una mayoría exigua de los ciudadanos.

Antes de continuar hay que recordar que en una sociedad democrática las decisiones de los gobernantes y las de los jueces no son concebidas como decisiones personales, sino como un reflejo de los deseos de la mayoría de la sociedad. Esa cualidad es precisamente lo que les confiere “legitimidad democrática” y garantiza la paz social. Por otro lado, la realidad es que el control que ejercen los ciudadanos sobre las decisiones judiciales y ejecutivas es bastante indirecto. En el caso de las decisiones políticas, la voluntad del partido o de los políticos individuales de mantenerse en el poder, actúa como cómo correa de transmisión de los deseos de la sociedad. En el caso de las decisiones judiciales el mecanismo de legitimidad es más problemático. La sociedad controla las decisiones de los jueces, en primer lugar, a través de leyes aprobadas por políticos con miedo a perder su trabajo. Las leyes, incluidas las constituciones, no pueden, sin embargo, ser nunca lo suficientemente detalladas como ser de aplicación automática. La discrecionalidad del juez crea, por tanto, un problema potencial de legitimidad.

En algunas sociedades la discrecionalidad del juez ve limitada por la institución del jurado. La atracción del jurado se debe a que los jueces, en muchas sociedades, son percibidos como miembros de una clase particular y minoritaria, bien sea la clase con mayor poder económico o bien la “élite intelectual”. En cualquier caso, los ciudadanos pueden sospechar que las interpretaciones del juez se corresponden a los intereses de su clase y no a los de la mayoría. El que la aplicación de la ley sea realizada, en parte, por una muestra más o menos al azar de ciudadanos, puede evitar, en principio, que una minoría social controle la interpretación de las leyes. La institución del jurado, por otra parte, tiene como efecto indirecto poner bajo sospecha las decisiones judiciales en las que no participa, incluyendo la interpretación de la constitución.

Los fiscales, los abogados de oficio, los órganos de supervisión, el control sobre los ascensos, los indultos o la existencia de múltiples instancias son otros mecanismos mediante los que la sociedad puede limitar la discrecionalidad de los jueces. La elección directa o la censura democrática no son, sin embargo, opciones a la que se conceda mucha consideración. Es una verdad aceptada, al menos entre la élite política, que las leyes, para ser eficaces en su función de prevenir y mediar los conflictos sociales, han de ser aplicadas idealmente de forma sistemática. Es difícil imaginar como esto podría tener lugar si el control democrático de los jueces fuera más directo. El poder judicial mantiene su autoridad a los ojos de la sociedad en parte gracias al aura casi sacerdotal que lo envuelve. Desde las vestimentas especiales, el lenguaje formal y arcaico o la posición elevada en el tribunal, todo el misterioso ceremonial del juicio contribuye a ocultar el déficit de legitimidad bajo el peso de la tradición. Esto es particularmente cierto en las sociedades anglosajonas, donde la “common law” otorga al juez un considerable grado de discrecionalidad personal. Una posibilidad alternativa, más popular en paises de tradición centralista, es concebir las decisiones judiciales como actos cuasi-administrativos realizados por un experto cuya autoridad procede del hecho de pertenecer al aparato del estado y de poseer las cualificaciones técnicas adecuadas.

Una de las diferencias más interesantes entre la sociedad española y la norteamericana es que los españoles confían más en los jueces que en los políticos, mientras que los estadounidenses confían más en los políticos que en los jueces. La sociedad española, que usa un sistema político de representación semiproporcional, se ve a si misma en una especie de tregua indefinida entre dos bandos que han pactado no utilizar sus ventajas numéricas momentáneas para aplastar completamente a los contrincantes. La sociedad necesita ver a los jueces como árbitros neutrales y a los fiscales como funcionarios independientes. Las leyes, o al menos las consideradas importantes, se suponen estables y aprobadas por amplio consenso. La mayoría de los jueces, conscientes de las expectativas de la sociedad, procuran evitar la impresión de hacer política desde los estrados. Por su parte, los políticos limitan en general sus críticas a decisiones judiciales particulares. En Estados Unidos, por el contrario, donde las elecciones son en distritos unipersonales, la sociedad se ve a si misma como una serie de comunidades donde la mayoría, imaginada como la amplia zona central del espectro de opinión, impone por derecho su voluntad. El jurado es visto con más confianza que el juez y los fiscales hacen campaña de reelección en los tribunales, desde donde saltan con frecuencia a la política. Los jueces, más allá del ámbito local, son vistos con desconfianza y son juzgados abiertamente en función de sus posiciones políticas. Los legisladores proponen leyes controvertidas, reducen la discrecionalidad en las penas o incluso crean leyes a la medida para casos individuales. Muchos jueces, por su parte, entienden su función como la de ejecutores de la voluntad de la mayoría local por encima de la del legislador. Otros, por el contrario, ven su papel como el de una barrera de contención frente a la marea de la opinión pública que impulsa al legislativo a adoptar posiciones populistas sin meditar las consecuencias. En una sociedad donde la democracia es entendida como el poder en manos de la gente corriente, esta postura activista pone peligrosamente al descubierto el déficit de legitimidad del poder judicial.

22 julio 2005

Peras y Manzanas: Brown versus Plessy.

En mi opinión el debate sobre el matrimonio homosexual va a volver a la superficie antes o después. Por lo tanto, y aunque ahora mismo no sea ya un tema candente, creo que merece la pena pensar un poco sobre este asunto. Comencemos pues con un poco de historia, en este caso la historia de la integración de la población negra de Estados Unidos como ciudadanos de pleno derecho.

Un momento clave de este proceso fue Brown v. Board of Education, la decisión del Tribunal Constitucional que en 1954 declaró que las escuelas públicas separadas para blancos y negros eran contrarias a la enmienda decimocuarta de la Constitución. Esta enmienda, adoptada poco después de la Guerra Civil, prohíbe la discriminación entre ciudadanos y garantiza igual tratamiento por parte de la ley. Los defensores de la segregación sostenían que las escuelas públicas para negros eran o estaban en proceso de ser de la misma calidad material que las reservadas para blancos y que, por lo tanto, no existía ninguna discriminación. Este argumento se resumía en la expresión “Separate but equal” y el mismo Tribunal Constitucional lo había utilizado en 1896, en este caso para justificar la constitucionalidad de una ley de Louisiana que prescribía la separación de pasajeros blancos y negros en los trenes. La ley en cuestión exigía específicamente que los compartimentos o vagones designados para las dos razas fueran iguales.

El caso de 1896 se conoce como Plessy v. Ferguson y comenzó cuando un pasajero con un octavo de sangre negra intentó sentarse en un vagón reservado para blancos. El Tribunal Constitucional decidió en aquella ocasión que la separación de las razas no implicaba discriminación y que por tanto no violaba la decimocuarta enmienda. Si los negros interpretaban la separación como una marca de inferioridad, vinieron a decir los jueces, eso era ya un problema suyo. Según el Tribunal, además, los prejuicios sociales no podían ser eliminados mediante actos legislativos. La igualdad social sólo podría alcanzarse por voluntad de los individuos, y la obligación del Gobierno era únicamente garantizar la igualdad legal en cuanto a derechos y oportunidades. Los intentos de eliminar los instintos raciales mediante legislación sólo iban a empeorar la situación. La decisión del Tribunal concluye que si una raza es considerada inferior a otra por la sociedad no hay nada que pueda hacer la Constitución para igualarlas.

Brown v. Board of Education rechazó de plano el argumento “Separate but equal”, al menos en lo tocante a la educación pública. Los casos que se juzgaban en esta ocasión eran demandas presentadas por padres de niños negros de primaria que no habían sido admitidos en escuelas reservadas para blancos. Los jueces decidieron que el hecho de separar en escuelas especiales a los niños negros era por sí mismo suficiente para crearles un sentimiento de inferioridad, con inevitables consecuencia negativas en cuanto a su rendimiento académico. Por tanto, los 21 Estados cuyas leyes ordenaban o permitían escuelas públicas segregadas estaban violando los derechos constitucionales de los niños negros dado que, en estas condiciones, era imposible proporcionarles las mismas oportunidades educativas, independientemente de la calidad material de escuelas y profesores. Esta decisión fue bastante sorprendente en su momento. El Tribunal Constitucional se enfrentaba no sólo a la interpretación tradicional de la Constitución, sino también a la voluntad expresa de la mayoría de la población en un número considerable de Estados. Para entender la decisión hay que considerar no sólo los detalles del caso, sino también la situación política y social del momento.

El hecho de que los demandantes actuaran en nombre de niños de primaria sin duda tuvo un efecto importante en la decisión. En algunos casos estos niños se veían obligados a desplazarse a escuelas lejanas por vivir en zonas de mayoría blanca. Todo el mundo era consciente además de que las escuelas para negros eran, en muchas ocasiones, muy inferiores a las escuelas para blancos, y que era muy complicado que esto cambiara mientras las decisiones sobre financiación estuvieran en manos de la mayoría blanca.

Otro aspecto importante es que, entre los testimonios analizados por los jueces, estaba el del psicólogo Kenneth Clark que afirmaba haber comprobado la existencia de complejos de inferioridad en los niños negros de zonas segregadas. Según este psicólogo, cuando en un experimento se les pedía a niños negros señalar la muñeca “buena” y se les daba a escoger entre una de piel blanca y otra de piel negra, los niños negros tendían a elegir la blanca. Por razones obvias la defensa no podía en este caso utilizar el argumento de Plessy de que el sentimiento de inferioridad era sólo un problema del que se sentía inferior. La validez científica de estos estudios es discutible, lo esencial es que permitieron a los jueces utilizar el avance de la ciencia como justificación del abandono de la interpretación tradicional de la Constitución. Como comentaba en otra ocasión, los argumentos científicos permiten disfrazar de objetividad las decisiones políticas. En este caso además el Tribunal carecía de legitimidad para alterar la ley. La única estrategia posible era pues reinterpretar la realidad. Lo que antes parecía igual, ahora se ha descubierto que, en realidad, es desigual, y eso gracias al avance de la psicología.

Todo esto sin embargo no hubiera sido suficiente si no existiese previamente una cierta voluntad de integración en una parte considerable de la población blanca y, sobre todo, entre la élite intelectual y política. Cuando se decide Brown el ejército estaba ya completando la integración de soldados negros en unidades mixtas. La experiencia de la Segunda Guerra Mundial había hecho evidente que las unidades segregadas no sólo eran una forma de organización ineficiente, sino además una vergüenza para un ejército que se enorgullecía de luchar en nombre de la libertad. La miseria y discriminación de la población negra constituían además un serio problema de imagen para una nación que pretendía exportar su modelo de sociedad. Para la Unión Soviética era una propaganda perfecta, en particular a la hora de ganar influencia en las naciones surgidas de la descolonización. La imagen de los blancos gobernando sobre los negros resonaba poderosamente en estas circunstancias. Existía además el miedo de que los estadounidenses de raza negra se sintieran atraídos por el comunismo y pudieran ser utilizados por los soviéticos para desestabilizar el país. Finalmente la combinación de prosperidad económica y una poderosa amenaza exterior estaba creando en la sociedad americana una voluntad de consenso y unidad que se manifestaba en generosidad con los ciudadanos leales y persecución de los disidentes. En estas circunstancias se puede decir que la decisión del Tribunal Constitucional sirvió de excusa a los políticos que sabían que la integración era deseable o inevitable, pero que no tenían prisa por pagar el coste político de la medida. Así, cuando el Presidente Eisenhower mandó al ejército para proteger a los estudiantes negros en Little Rock, Arkansas, la decisión podía ser presentada como una simple cuestión de defensa de la Constitución.

El proceso de integración de la población negra como ciudadanos de pleno derecho fue largo y conflictivo y, en opinión de muchos, aún no se ha completado, pero el caso es que a día de hoy ya forma parte del mito fundacional de la nación. Los americanos de cualquier raza del siglo XXI pueden ahora identificarse con Martin Luther King, que ha sido incorporado al panteón de héroes como un ejemplo más de la lucha por la libertad, esa poderosa idea que sirve como eje a la Historia con mayúsculas de los Estados Unidos. Desde el Mayflower a Irak, con sus principales jalones en la Guerra de la Independencia, la Guerra Civil y la Segunda Guerra Mundial. Los partidarios de la segregación, mientras tanto, han desaparecido prácticamente de la memoria histórica, como si ellos no hubieran sido americanos de verdad.

01 julio 2005

Reforma sin Compromisos: Despertando al dragón.

Como explicábamos el otro día, en la política española lo que se lleva es gobernar “por cojones” y no esas mariconadas de dar explicaciones, debatir y llegar a compromisos. Es evidente que a este respecto el estilo de Zapatero supone una mejora sobre el último Aznar, pero no creo que sea suficiente. A falta de cambios drásticos en el sistema la cabra siempre va a tirar al monte. Sería deseable crear un clima en el que los gobernantes se sientan obligados a convencer y dialogar. Para ello sería necesario que políticos, periodistas y opinadores llegaran al acuerdo implícito de que debatir en serio las reformas y las decisiones importantes es lo mejor para todos y que las aparentes ventajas del estilo imperial son en realidad efímeras. Creo que la reforma del matrimonio civil para incluir a las parejas homosexuales puede servirnos de ejemplo para analizar esta cuestión.

Desde un punto de vista progresista esta medida no perjudica a nadie, amplía derechos y no cuesta un duro. Además, en principio, no debería suponer una importante pérdida de votos. La medida sólo molesta de verdad a los sectores más conservadores de la sociedad, que de todas formas no iban a votar progresista. En cuanto a la jerarquía eclesiástica, para una parte de la progresía nacional su enfado es parte de lo que hace atractiva la propuesta. Ahora pueden ir presumiendo por el mundo de modernidad e hinchar orgullosos el pecho por haber impulsado la Libertad y la Igualdad. Lo de la Fraternidad ya no está tan claro. Si encima no hay que subir los impuestos, ¿qué mas se le puede pedir a una reforma progresista? Muchos intelectuales de izquierdas ven la moral conservadora y la doctrina de la Iglesia que la justifica como a elefantes achacosos camino del cementerio de las ideas. En unos años, se dicen, todo el mundo verá esto cómo lo más normal del mundo y si acaso nos preguntaremos porqué no lo hicimos antes. Los que se oponen a esta medida, insisten, son únicamente un puñado de Talibanes, que apenas resisten en las montañas, y que se extinguirán en cuanto les de un poco la luz. Si acaso lograrán embarrar la imagen del PP entre los centristas y hasta puede que acaben provocando la escisión de la derecha.

Si volvemos ahora al terreno de la realidad nos daremos cuanta de que las cosas son bastante diferentes. La oposición al matrimonio homosexual, aunque muy lejos de ser mayoritaria, representa una proporción significativa de la sociedad. Creo que es razonable afirmar que los sectores más conservadores se sentían un tanto alienados por la situación política española, después de haber tenido que aceptar derrota tras derrota. Sólo con el tema del control de contenidos sexuales en la televisión podían atraer suficientes apoyos cómo para lograr modificar las leyes. Ahora tienen una causa común, un objetivo claro y alcanzable, y que además no despierta el mismo rechazo entre los sectores centristas del PP que otros asuntos como la restricción del aborto o el divorcio. La influencia de un grupo de presión en un partido depende de lo que el grupo de presión puconseda hacer por el partido y del precio que el partido tenga que pagar por contentar al grupo de presión. Impedir a las parejas homosexuales adoptar niños y dejar de llamar matrimonios a sus uniones es un precio muy barato, prácticamente gratis. ¿Cuánta gente está dispuesta a movilizarse por este tema? ¿Cuánto rechazo despierta realmente entre los centristas? A cambio los sectores conservadores van a trabajar para el partido como nunca, porque esta vez pueden ver el éxito al alcance de los dedos. No sólo acudirán masivamente a las urnas, aplaudirán a rabiar en los mítines y trabajarán gratis en la campaña, sino que también predicarán a sus vecinos, compañeros de trabajo o de bar. La Iglesia participará también en el esfuerzo. La influencia de los sectores conservadores dentro del PP sin duda va a crecer Le han sabido dar, además, un enfoque positivo al debate, el derecho de los niños a un padre y una madre, que les ayuda a reducir la desconfianza que provocaría un exceso de moralina o religiosidad y les permite así hacerse más visibles tanto dentro del partido como en la sociedad en general. Temas con menos atractivo, como la evaluación de la asignatura de religión, pueden pasar ahora a un segundo plano.

Es difícil imaginar al PSOE en campaña alertando a las masas de que la derecha le va a quitar el derecho de adopción a los homosexuales. Y mejor no pensar en el tratamiento que podría tener la próxima noticia de un caso de abuso a menores por parte de un homosexual. Cuando el PP gane las elecciones, que antes o después ocurrirá, la ley será cambiada (a menos que tarden 20 años). Probablemente mantengan una regulación de uniones homosexuales bastante parecida al matrimonio, pero el derecho de adopción y posiblemente el uso de la palabra matrimonio desaparecerán. Animados por la victoria los sectores conservadores pedirán más.

29 junio 2005

Reformas y Compromisos: el Gran Salto Adelante.

El matrimonio homosexual está a punto de aprobarse y parece que hay mucha gente enfadada. El Gobierno podía haber hecho un mayor esfuerzo de persuasión a la hora de acometer esta reforma, pero es lo que tiene el síndrome del parlamentario obediente. Es de eso de lo que hoy quiero hablar. Las causas principales, en mi opinión, son la financiación pública y centralizada de los partidos y esa concepción española de la política cómo la continuación de una guerra civil por otros medios. Las cosas serían diferentes con elecciones separadas para el ejecutivo y el legislativo o con parlamentarios elegidos en distritos unipersonales, pero no parece que sea ahora el momento de hacer cambios radicales en el sistema político, en particular cuando aun no tenemos claro si somos una nación, un estado, una federación o una comunidad de vecinos mal avenida. El caso es que tal y como funciona nuestro sistema no existen muchos incentivos para llegar a acuerdos amplios. Justificar las decisiones da mucha pereza y para los hooligans de cada partido político los compromisos, especialmente desde el poder, son un síntoma de debilidad. “Písale, písale” se oye gritar a los periodistas afines. En los medios sólo hablan los ministros y algún selecto jerifalte del partido. Mientras tanto la masa de parlamentarios lobotomizados sonríe beatíficamente y hace los coros. El resultado de todo esto es que, cada vez que cambia el Gobierno, las leyes se reforman antes de que se seque la tinta de la anterior versión. El lema parece ser: “Tú reforma, que algo queda”. Las Universidades y los colegios ya tienen bastantes problemas, ¿es que no es posible ponerse de acuerdo y darles un marco legal estable? Aunque a algunos les parezca difícil de creer, los Gobiernos van a seguir cambiando. Legislar vengativamente (¡ahora os vais a enterar!) no me parece una gran idea.

En Estados Unidos, cuando el Gobierno se plantea aprobar una medida controvertida, el terreno se prepara primero cuidadosamente. Se diseña una estrategia completa, con argumentarios y ejemplos fáciles de comprender, para explicar porque es necesario el cambio. El Presidente presenta y justifica la reforma en ruedas de prensa y en discursos a lo largo y ancho del país, a veces incluso aceptando preguntas del público. Congresistas y senadores, tanto figuras nacionales como representantes locales, debaten en público las ventajas y los inconvenientes, en numerosos programas de radio y televisión. Los periódicos de calidad toman partido, pero antes explican los argumentos de uno y otro lado y justifican su decisión. Si se percibe una fuerte resistencia por parte de los votantes (las encuestas son continuas) la reforma es modificada o incluso abandonada. No es necesario que la resistencia sea mayoritaria. Todos saben que los grupos bien organizados de votantes cabreados (y aún más si tienen dinero) tienen una influencia considerable, debido al sistema de primarias y a la apatía general. Un presidente popular puede ejercer bastante presión sobre los legisladores de su partido, pero no hasta el punto de obligarles a enfrentarse con sus electores. Es cierto que los argumentos son muchas veces simplistas y vergonzosamente demagógicos y que para una parte considerable de la población el debate es sólo un murmullo lejano. Es cierto también que el proceso puede bloquear reformas audaces, como la de los seguros médicos en tiempos de Clinton o, ahora mismo, la reforma de las pensiones de Bush II. Igualmente, la necesidad de justificar cualquier cambio, contribuye a mantener en vigor leyes que sólo benefician a unos pocos, siempre y cuando esos pocos puedan armar mucho jaleo. No se trata aquí de vender un coche usado.

En España, por el contrario, las decisiones son finales ya antes de ser anunciadas. Los medios públicos y las encuestas del CIS son utilizados sin rubor para promocionar el producto. Los periodistas afines cantan las alabanzas de la nueva medida, mientras que los de la otra orilla anuncian la inmediatez del Apocalipsis, la vuelta a las Cavernas, el Llanto y el Crujir de Dientes. El debate, si se produce, es un pobre simulacro en el que nadie pretende que exista la posibilidad de un cambio de postura. A la hora de la verdad todos sabemos que el grupo parlamentario dará un paso al frente, como un solo hombre, prietas las filas, todos a una, y pulsará el botón correcto. Otro “Gran Salto Adelante” se ha consumado. Hasta que cambie el Gobierno.